
El bloqueo
Murilo Rubião (Brasil)
Próximos está a llegar éste su tiempo,
Y sus días no están remotos.
Isaías, XIV.
1
Al tercer día de haber dormido en el pequeño departamento de un edificio recién terminado, oyó los primeros ruidos. Normalmente tenía el sueño pesado y aun después de despertarse le tomaba tiempo integrarse al nuevo día, confundiendo pedazos de sueño con fragmentos de la realidad. No dio importancia, de inmediato, a la vibración de los vidrios, atribuyéndola a una pesadilla. La oscuridad del aposento contribuía a fortalecer esa frágil certeza. El barullo era intenso. Venía de los pisos superiores y se parecía a los producidos por las palas de demolición. Encendió la luz y consultó el reloj: la tres. Le pareció raro. Las normas del condominio no permitían un trabajo de esa naturaleza en plena madrugada. Pero la máquina proseguía su impiedosa tarea, los sonidos aumentaban, y crecía la irritación de Gerión contra la compañía inmobiliaria que le garantizara una excelente administración. De repente los ruidos cesaron.
Se durmió nuevamente y soñó que estaba siendo aserrado a la altura del tórax. Se despertó presa del pánico: una poderosa sierra ejercitaba sus dientes en los pisos de arriba, cortando material de gran resistencia, que se pulverizaba al desintegrarse.
Oía a intervalos explosiones secas, el movimiento de una nerviosa demoledora, el martillar acompasado de un mazo sobre los postes. ¿Estarían construyendo o destruyendo?
Del temor a la curiosidad, titubeó entre averiguar lo que estaba pasando o juntar los objetos de mayor valor y marcharse antes de la destrucción final. Prefirió correr el riesgo en vez de volver a su casa, que abandonara, de prisa, por motivos de orden familiar. Se vistió, a través del oscilante ventanal, miró la calle, la mañana soleada, pensando si aún vería otras.
Apenas abrió la puerta, le llegó al oído el machacar de varias brocas y poco después estallidos de cabos de acero que se rompían, el ascensor precipitándose a trompicones por el pozo hasta reventar allá abajo con una violencia que hizo temblar al edificio entero.
Retrocedió despavorido, trancándose en el departamento, con el corazón latiéndole desordenadamente -Es el fin, pensó -. Mientras tanto, el silencio casi se recompuso, oyéndose apenas a lo lejos estallidos intermitentes, el lijar irritante de metales y concreto.
Por la tarde, la calma volvió a edificio, dándole coraje a Gerión para acercarse a la terraza a averiguar la magnitud de los estragos. Se encontró a cielo abierto. Cuatro pisos habían desaparecido, como si hubieran sido cortados meticulosamente, limadas las puntas de las vigas, aserrados los maderos, trituradas las lajas. Todo reducido a fino polvo amontonado en los rincones.
No veía rastro de las máquinas. Tal vez ya estuvieran distantes, transferidas a otra construcción, concluyó aliviado. Descendía tranquilo las escaleras, silbando una melodía de moda, cuando sufrió el impacto de la decepción: toda la gama de ruidos que había escuchado durante el día le llegaba de los pisos inferiores.
2
Telefoneó a la portería. Tenía pocas esperanzas de recibir explicaciones satisfactorias sobre lo que estaba ocurriendo. El propio portero lo atendió:
-Obras de rutina. Le pedimos disculpas, principalmente por ser usted nuestro único inquilino. Hasta ahora, claro.
-¿Qué rayos de rutina es esa de arrasar con el edificio?
-Dentro de tres días todos se acabará -dijo, colgando el fono.
-Todo acabado. Bolas.- Se encaminó hacia la diminuta cocina ocupada, en buena parte, por latas vacías. Preparó sin entusiasmo la comida, harto de enlatados.
¿Sobreviviría a las latas?- Miraba melancólico la reserva de alimentos, hecha para durar una semana.
Sonó el teléfono. Soltó el plato, intrigado con la llamada. Nadie conocía su nueva dirección. Se había inscrito en la compañía de Teléfonos y había alquilado el departamento con nombre falso. Seguramente sería una llamada equivocada.
Era su mujer, lo que aumento su desánimo.
-¿Cómo me descubriste? -Oyó una risita al otro lado de la línea (La gorda debía estar comiendo bombones. Tenía siempre algunos al alcance de la mano.)
-¿Por qué nos abandonaste, Gerión? Regresa a casa. No sobrevivirás sin mi dinero. ¿Quién te dará un empleo? (A esas alturas Margarerbe ya estaría lamiéndose los dedos embarrados de chocolate o limpiándose en la bata estampada de rojo, su color predilecto. La puerca)
-Vete al diablo. Tú, tu dinero, tu gordura.
3
Se había desligado momentáneamente de los ruidos, inmersos en la desesperanza.
Buscó en el bolsillo un cigarrillo y verificó con desagrado que tenía pocos. Se le había olvidado aprovisionarse de más paquetes. Mentó la madre.
Con la mano sobre el fono colgado, Gerión hizo una mueca al oír nuevamente el sonido de la campanilla.
-¿Papá?
Se le dibujó una sonrisa triste:
-Hijita.
-Podrías regresar y leerme ese libro del caballo verde.
La parte aprendida de memoria terminaba y Seatéia comenzaba a tartamudear:
-Papi. Nos gustaría que vinieras, pero sé que no quieres. No vengas, si ahí estás mejor.
La comunicación fue interrumpida bruscamente. Desde el comienzo lo había sospechado y luego se convenció de que su hija había sido obligada a llamarlo, en un intento de explotarlo emocionalmente. En esos instantes estaría siendo golpeada por no haber seguido las instrucciones de la madre al pie de la letra.
Asqueado, lamentaba el fracaso de su fuga. Volvería a compartir el mismo lecho con su esposa, encogido, el cuerpo de ella ocupando dos tercios de la cama. El ronquido, los gases.
Pero no podría permitir que el odio de Margarerbe fuera transferido a Seatéia. Ella recurriría a todas las formas de tortura para vengarse de él, a través de su hija.
4
Los ruidos habían perdido su fuerza inicial. Disminuían, cesaron por completo.
5
Gerión descendía la escalera indeciso en cuanto a la necesidad del sacrificio.
Ocho pisos abajo, la escalera terminó abruptamente. Transido de miedo, con un pie en el aire, retrocedió, cayéndose hacia atrás. Sudaba, las piernas le temblaban.
No conseguía levantarse, estaba como pegado al escalón. Tardó en recuperarse. Pasado el vértigo, vio abajo el terreno limpio, como si nunca hubiera habido allí una construcción. Ninguna señal de maderos, pedazos de fierros, ladrillos, apenas el fino polvo amontonado a los lados del terreno.
Regresó al departamento aún bajo la conmoción del susto. Se dejó caer en el sofá. Impedido de regresar a casa, experimentó el gusto de la plena soledad. Conocía su egoísmo, desentendiéndose de los problemas futuros de su hija. Tal vez la quería por la obligación natural que tienen los padres de amar a sus hijos.
¿Había querido a alguien? -Desvió el curso de su pensamiento, cómoda fórmula para escapar a la vigilancia de la conciencia.
Aguardaba paciente una nueva llamada de su mujer y, esperándola, surgió en sus ojos un sádico placer. Hacía tiempo que venía aguardando esa oportunidad, que le permitiera devolver con dureza las humillaciones acumuladas y vengarse de la permanente sumisión a la que era sometido por los caprichos de Margarerbe, llamándolo a toda hora y delante de los sirvientes; parásito, incapaz.
Escogería bien sus adjetivos. No llegó a usarlos: una corriente luminosa destruyó el alambre telefónico. En el aire flotó durante unos segundos una polvareda de colores. Se cerraba el bloqueo.
6
Después de algunas horas de absoluto silencia, ella volvía: ruidosa, mansa, sorda, suave, estridente, monocorde, disonante, polifónica, rítmica, melodiosa, casi musical. Se meció en un vals bailado hacía varios años.
Sonidos ásperos espantaron la imagen venida de su adolescencia, superpuesta luego por la de Margarerbe, que él mismo ahuyentó. Se despertó avanzada la noche con un terrible grito que resonaba por los corredores del edificio. Permaneció inmóvil en la cama, en agónica espera: ¿emitiría la máquina voces humanas? -Prefirió creer que había soñado, pues lo único real era el barullo monótono de una excavadora que funcionaba en los pisos cercanos.
Más tranquilo, analizaba los acontecimientos de los días anteriores, concluyendo que, por lo menos, los ruidos venían espaciados y que el aserrar de fierros y madera ya no le herían los nervios. Caprichosos e irregulares, cambiaban rápidamente de un piso a otro, desorientando a Gerión en cuanto a los objetivos de la máquina.
-¿Por qué una y no varias, ejecutando funciones diversas y autónomas, como inicialmente creyó - La certeza de su unidad había calado hondo en él sin aparente explicación pero de manera irreducible. Sí, única y múltiple en su acción.
7
Los ruidos se aproximaban. Adquirían suavidad y constancia haciéndole pensar que pronto llenarían el departamento.
Se acercaba el momento crucial y le costaba contener el impulso de ir al encuentro de la máquina que había perdido mucho de su antiguo rigor o realizaba su trabajo con deliberada morosidad, perfeccionando la obra, para gozar poco a poco de los instantes finales de la destrucción.
A la vez del deseo de enfrentarla, descubrir los secretos que la hacían tan poderosa, tenía miedo del encuentro. Se enredaba entretanto en su fascinación, afinando el oído para captar los sonidos que, en aquella hora, se agrupaban los primeros rayos de luz.
Sin poder resistir la expectativa, abrió la puerta. Hubo una súbita ruptura en la escala de los ruidos y escuchó aún el eco de los estallidos que desaparecieron aceleradamente por la escalera. En los rincones de la pared comenzaba a acumularse un polvo ceniciento y fino.
Repitió la experiencia, pero la máquina persistía en esconderse, sin que él supiera si por simple pudor o porque aún era temprano para mostrarse, desnudando su misterio.
El ir y venir del destructor, sus constantes fugas, redoblaban la curiosidad de Gerión que no soportaba la espera, el temor de que ella tardase en aniquilarlo o que jamás lo destruyese.
Por las grietas seguían las luces de colores, formando y deshaciendo en el aire un continuo arco iris: ¿tendría tiempo de contemplarla en la plenitud de sus colores?
Cerró la puerta con llave.
Murilo Rubião (Brasil)
Breve reseña sobre su obra
Escritor y periodista brasilero nacido en Minas Gerais en 1916. En 1942 se graduó de la Facultad de Derecho. Trabajó como redactor de Folha de Minas y director de Radio Inconfidência. En 1966 organizó el suplemento literario del diario O Estado de Minas Gerais. Se desempeñó como jefe de gabinete del gobierno de Minas Gerais y fue agregado cultural de Brasil en España entre 1956 y 1961. Falleció en septiembre de 1991.
En 1947 publicó su primer libro de cuentos, El ex mago. Después vendrían La estrella roja (1953), Los dragones y otros cuentos (1965), El pirotécnico Zacarías (1974), El invitado (1974), La casa del girasol rojo (1978) y El hombre del bonete gris y otras historias (1990).
El bloqueo aparece en la antología 16 cuentos latinoamericanos, publicada por Editorial Aique.

Basura
Luis
Fernando Veríssimo
Se encuentran en el
área de servicio. Cada uno con su bolsa de basura. Es la primera vez que se
hablan.
- Buenos días...
- Buenos días.
- La señora es del 610
- Y, el señor del 612
- Sí.
- Yo aún no lo conocía personalmente...
- De hecho...
- Disculpe mi atrevimiento, pero he visto su basura...
- ¿Mi qué?
- Su basura.
- Ah...
- Me he dado cuenta que nunca es mucha. Su familia debe ser pequeña...
- En realidad sólo soy yo.
- Mmmmmm. Me di cuenta también que usted usa mucha comida enlatada.
- Es que yo tengo que hacer mi propia comida. Y como no sé cocinar.
- Entiendo.
- Y usted también...
- Puede tutearme.
- También perdone mi atrevimiento, pero he visto algunos restos de comida en su basura. Champiñones, cosas así...
- Es que me gusta mucho cocinar. Hacer platos diferentes. Pero como vivo sola, a veces sobra...
- Usted... ¿Tú no tienes familia?
- Tengo, pero no son de aquí.
- Son de Espírito Santo.
- ¿Cómo lo sabe?
- Veo unos sobres en su basura. De Espírito Santo.
- Claro. Mi madre me escribe todas las semanas.
- ¿Ella es profesora?
- ¡Esto es increíble! ¿Cómo adivinó?
- Por la letra del sobre. Pensé que era letra de profesora.
- Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por su basura.
- Así es.
- Pero, el otro día tenía un sobre de telegrama arrugado.
- Así fue.
- ¿Malas noticias?
- Mi padre. Murió.
- Lo siento mucho.
- Él ya estaba viejito. Allá en el Sur. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
- ¿Fue por eso que volviste a fumar?
- ¿Cómo es que sabes?
- De un día para otro comenzaron a aparecer paquetes de cigarrillos arrugados en su basura.
- Es cierto. Pero conseguí dejarlo de nuevo.
- Yo, gracias a Dios, nunca fumé.
- Ya lo sé. Pero he visto unos vidriecitos de pastillas en su basura...
- Tranquilizantes. Fue una fase. Ya pasó.
- ¿Peleaste con tu pololo, no es verdad?
- ¿Eso, también lo descubriste en la basura?
- Primero el buqué de flores, con la tarjetita, tirado en la basura. Después, muchos pañuelitos de papel.
- Es que lloré mucho, pero ya pasó.
- Pero incluso hoy vi unos pañuelitos...
- Es que estoy un poquito resfriada.
- Ah.
- Veo muchos crucigramas en tu basura.
- Claro. Sí. Bien. Me quedo solo en casa. No salgo mucho. Tú me entiendes.
- ¿Polola?
- No.
- Pero hace unos días tenías una fotografía de una mujer en tu basura. Parecía bonita.
- Estuve limpiando unos cajones. Cosa del pasado.
- No rasgaste la foto. Eso significa que, en el fondo, tú quieres que ella vuelva.
- ¡Tú estás analizando mi basura!
- No puedo negar que tu basura me interesó.
- Qué divertido. Cuando escudriñé tu basura, decidí que quería conocerte. Creo que fue la poesía.
- ¡No! ¿Viste mis poemas?
- Vi y me gustaron mucho.
- Pero, ¡si son tan malos!
- Si tú creías que eran realmente malos, los habrías rasgado. Y sólo estaban doblados.
- Si yo supiera que los ibas a leer...
- Sólo no los guardé porque, al final, los estaría robando. Si bien que, no sé: ¿la basura de la persona aún es propiedad de ella?
- Creo que no. Basura es de dominio público.
- Tienes razón. A través de la basura, lo particular se vuelve público. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra con las sobras de los demás. La basura es comunitaria. Es nuestra parte más social. ¿Esto será así?
- Bueno, ahí estás yendo harto lejos con la basura. Creo que...
- Ayer, en tu basura...
- ¿Qué?
- ¿Me equivoqué o eran cáscaras de camarón?
- Acertaste. Compré unos camarones enormes y los descasqué.
- ¡Me encantan los camarones!
- Los descasqué, pero aún no los comí. Quien sabe, tal vez podamos...
- ¿Cenar juntos?
- Por qué no.
- No quiero darte trabajo.
- No es ningún trabajo.
- Pero vas a ensuciar tu cocina.
- Tonterías. En un instante limpio todo y pongo los restos en la basura.
- ¿En tu basura o en la mía?
- Buenos días...
- Buenos días.
- La señora es del 610
- Y, el señor del 612
- Sí.
- Yo aún no lo conocía personalmente...
- De hecho...
- Disculpe mi atrevimiento, pero he visto su basura...
- ¿Mi qué?
- Su basura.
- Ah...
- Me he dado cuenta que nunca es mucha. Su familia debe ser pequeña...
- En realidad sólo soy yo.
- Mmmmmm. Me di cuenta también que usted usa mucha comida enlatada.
- Es que yo tengo que hacer mi propia comida. Y como no sé cocinar.
- Entiendo.
- Y usted también...
- Puede tutearme.
- También perdone mi atrevimiento, pero he visto algunos restos de comida en su basura. Champiñones, cosas así...
- Es que me gusta mucho cocinar. Hacer platos diferentes. Pero como vivo sola, a veces sobra...
- Usted... ¿Tú no tienes familia?
- Tengo, pero no son de aquí.
- Son de Espírito Santo.
- ¿Cómo lo sabe?
- Veo unos sobres en su basura. De Espírito Santo.
- Claro. Mi madre me escribe todas las semanas.
- ¿Ella es profesora?
- ¡Esto es increíble! ¿Cómo adivinó?
- Por la letra del sobre. Pensé que era letra de profesora.
- Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por su basura.
- Así es.
- Pero, el otro día tenía un sobre de telegrama arrugado.
- Así fue.
- ¿Malas noticias?
- Mi padre. Murió.
- Lo siento mucho.
- Él ya estaba viejito. Allá en el Sur. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
- ¿Fue por eso que volviste a fumar?
- ¿Cómo es que sabes?
- De un día para otro comenzaron a aparecer paquetes de cigarrillos arrugados en su basura.
- Es cierto. Pero conseguí dejarlo de nuevo.
- Yo, gracias a Dios, nunca fumé.
- Ya lo sé. Pero he visto unos vidriecitos de pastillas en su basura...
- Tranquilizantes. Fue una fase. Ya pasó.
- ¿Peleaste con tu pololo, no es verdad?
- ¿Eso, también lo descubriste en la basura?
- Primero el buqué de flores, con la tarjetita, tirado en la basura. Después, muchos pañuelitos de papel.
- Es que lloré mucho, pero ya pasó.
- Pero incluso hoy vi unos pañuelitos...
- Es que estoy un poquito resfriada.
- Ah.
- Veo muchos crucigramas en tu basura.
- Claro. Sí. Bien. Me quedo solo en casa. No salgo mucho. Tú me entiendes.
- ¿Polola?
- No.
- Pero hace unos días tenías una fotografía de una mujer en tu basura. Parecía bonita.
- Estuve limpiando unos cajones. Cosa del pasado.
- No rasgaste la foto. Eso significa que, en el fondo, tú quieres que ella vuelva.
- ¡Tú estás analizando mi basura!
- No puedo negar que tu basura me interesó.
- Qué divertido. Cuando escudriñé tu basura, decidí que quería conocerte. Creo que fue la poesía.
- ¡No! ¿Viste mis poemas?
- Vi y me gustaron mucho.
- Pero, ¡si son tan malos!
- Si tú creías que eran realmente malos, los habrías rasgado. Y sólo estaban doblados.
- Si yo supiera que los ibas a leer...
- Sólo no los guardé porque, al final, los estaría robando. Si bien que, no sé: ¿la basura de la persona aún es propiedad de ella?
- Creo que no. Basura es de dominio público.
- Tienes razón. A través de la basura, lo particular se vuelve público. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra con las sobras de los demás. La basura es comunitaria. Es nuestra parte más social. ¿Esto será así?
- Bueno, ahí estás yendo harto lejos con la basura. Creo que...
- Ayer, en tu basura...
- ¿Qué?
- ¿Me equivoqué o eran cáscaras de camarón?
- Acertaste. Compré unos camarones enormes y los descasqué.
- ¡Me encantan los camarones!
- Los descasqué, pero aún no los comí. Quien sabe, tal vez podamos...
- ¿Cenar juntos?
- Por qué no.
- No quiero darte trabajo.
- No es ningún trabajo.
- Pero vas a ensuciar tu cocina.
- Tonterías. En un instante limpio todo y pongo los restos en la basura.
- ¿En tu basura o en la mía?
Basura, título original "Lixo", cuento de
Luis Fernando Veríssimo, incluido en su libro de crónicas y cuentos O
Analista de Bagé e, posteriormente, antologado en O Novo Conto
Brasileiro por Malcolm Silverman (Rio de Janeiro, Nova Fronteira, 1985).

El hombre que sabía javanés
Alfonso
Henriques de Lima Barreto (Brasil - Río de Janeiro, 1881-1922)
En una confitería contaba yo cierta vez a mi amigo Castro
las alternativas de mi vida aventurera, las convicciones de que claudiqué y las
responsabilidades a las que no guardé la debida consideración, para poder
vivir. Incluso aquella ocasión en que residiendo en Manaos, en la cual me vi
obligado a ocultar mi calidad de bachiller, para obtener más confianza de los
clientes, que afluían a mi escritorio de "hechicero" y de adivino.
Eso era lo que yo le contaba.
Mi amigo me escuchaba callado, pendiente de mis palabras,
gustando de aquel mi Gil Blas vivido, hasta que en una pausa de nuestra
conversación, ya agotados los vasos de cerveza, me observó interesado:
- ¡Tu vida ha sido una cosa bien divertida, Castelo!
- Solamente así se puede vivir... Esto de tener una
ocupación única: salir de casa a ciertas horas, volver a otras, cansa
finalmente, ¿no te parece? ¡Yo no sé cómo he podido aguantar allá, en el
consulado!
- Eso cansa, sí, es cierto; pero no es eso lo que me
admira. Lo que me llama la atención es que hayas corrido tantas aventuras aquí,
en este Brasil pacato y burocrático.
- ¿Y por qué no? Aquí mismo, caro amigo Castro, se pueden
encontrar y vivir bellas páginas de la vida. ¡Imagínate tú que yo he sido hasta
profesor de javanés!
- ¿Cuándo? ¿Acaso a tu regreso del consulado?
- No; antes. Y precisamente fui nombrado cónsul por eso.
- Cuenta, entonces, cómo fue la cosa. ¿Aceptas otro vaso
de cerveza?
- Acepto.
Mandamos traer otra botella, llenamos los vasos nuevamente
y continué mi historia:
- Yo había llegado hacía muy poco tiempo a Río de Janeiro
y me encontraba literalmente en la miseria. Vivía huído de la casa de pensión,
sin saber en donde ganar el dinero, cuando leí en el "Journal do
Comercio" el anuncio siguiente: "Se precisa un profesor de lengua javanesa.
Contestar por escrito etc. etc." Me dije entonces que el asunto me
convenía; además esta era una colocación que no tendría muchos concurrentes; y
si lograse dominar por lo menos cuatro palabras, era cosa hecha. Salí del café
en donde me encontraba, anduve por las calles, imaginándome que yo era un
profesor de javanés, ganando dinero, viajando en tranvía y sin encontrar
personas desagradables, víctimas, particularmente. Sin darme cuenta me encaminé
a la Biblioteca Nacional. No sabía bien qué clase de libro tendría que pedir;
mas entré, entregué el sombrero en la portería, recibí la tarjeta y subí
escaleras arriba. Ya en la ventanilla de pedidos, solicité la "Gran
Enciclopedia", en la letra "J", seguro que en el artículo
correspondiente a Java encontraría elementos de la lengua javanesa. Dicho y
hecho. Me enteré de que Java era una gran isla del archipiélago de Sonda,
colonia holandesa, y el javanés, lengua aglutinante del grupo
malayo-polinésico, poseía una literatura digna de nota, escrita en caracteres
derivados del antiguo alfabeto hindú. La "Enciclopedia" me indicaba
algunos trabajos sobre la lengua malaya, y sin titubear consulté uno de ellos,
allí citados. Copié el alfabeto, como también su pronunciación figurada, y
salí. Anduve por las calles, de aquí para allá, rumiando letras y más letras.
En mi cabeza danzaban jeroglíficos; de vez en cuando consultaba mis notas;
entraba en los jardines y escribía con un palo en la arena de los paseos
columnas de signos, para fijarlos bien en mi mente y habituarme en ese
ejercicio de la escritura.
"Ya de noche, cuando pude entrar en la pensión, sin
que me notaran, como para evitar preguntas indiscretas del casero, continué aún
en mi cuarto deletreando el alfabeto malayo, y lo hice con tanto ahinco, con tal
firmeza, que a la mañana siguiente lo sabía perfectamente de memoria.
"Me convencí de que aquella lengua era la más fácil
del mundo y salí; mas no tan temprano, que evitase el encuentro del encargado
de las habitaciones. Verme y encararse conmigo fue la misma cosa: "Señor
Castelo: ¿cuándo saldamos su cuenta?" Respondile entonces, con la más
encantadora esperanza: "En fecha muy breve... Espere un poco... Tenga
paciencia... Seré nombrado profesor de javanés, y ..." Me interrumpió de
improviso: "¿Qué diablo es eso de profesor de javanés, señor Castelo?"
Me agradó el interés, por cierto bastante divertido del hombre y, aprovechando
la oportunidad, quise herirlo en su patriotismo de buen portugués:
"Javanés es una lengua que se habla cerca de Timor. ¿Sabe en dónde está
eso?".
"Oh!, alma ingenua... Aquel hombre se olvidó de mi
deuda y me dijo con su hablar fuerte de los portugueses: "Francamente, yo
muy bien no sé dónde está eso ni lo que es, pero tengo entendido que son unas
tierras que tenemos por el lado de Macao. ¿Sabe algo de eso, señor
Castelo?".
"Animado por esta escapatoria afortunada que me
proporcionó el asunto javanés, volví nuevamente a buscar el anuncio. En efecto,
allí estaba. Decidí animosamente proponerme como profesor de idioma oceánico.
Redacté la respuesta. Pasé por el diario y dejé la carta. Volví nuevamente a la
Biblioteca Nacional y continué con mis estudios de javanés. No realicé grandes
progresos en ese día; ignoro si por entender que era suficiente con el
conocimiento del alfabeto o por haberme agradado más los datos sobre literatura
y bibliografía que el estudio del idioma, que era precisamente lo que tendría
que enseñar...
"Al cabo de dos días, me llegó una carta para
presentarme en la casa del doctor Manuel Feliciano Soares Albernaz, barón de
Jacuecanga, en la calle conde de Bonfim, no recuerdo bien el número. Es preciso
que no olvides que entretanto continué estudiando mi malayo, esto es, el tal
javanés. Además del alfabeto, me informé del nombre de algunos autores, como de
diversas frases, preguntas y respuestas, tal como: "Cómo está usted"
y dos o tres reglas más de gramática, amén del alfabeto y unas veinte palabras
más del léxico.
"¡No te puedes dar una idea de las grandes
dificultades que hallé para proporcionarme los cuatrocientos reis del viaje! Te
aseguro que es mucho más fácil aprender javanés, puedes estar cierto, que
encontrar unas míseras monedas. Finalmente, tuve que decidirme por ir a pie.
Llegué sudado; y, con maternal cariño, las viejas plantas, que se perfilaban en
la alameda, delante de la casa del aristócrata, me recibieron, me acogieron y
me reconfortaron. En toda mi vida fue ese el momento en que sentí cierta
simpatía por la naturaleza.
"Era una casa enorme que parecía estar desierta, más
no sé porqué me vino el pensamiento, ante esa contemplación, de que se notaba,
más que pobreza, algo así como cansancio y dejadez. Debía estar despintada
desde hacía muchos años; descascaradas las paredes, rotas las salientes del
tejado, de esas tejas revestidas de otros tiempos, desguarnecidas aquí y allí,
como bocas desdentadas o mal cuidadas.
"Miré un poco el jardín y vi la pujanza vengativa de
las plantas silvestres junto a las otras domésticas, a varias de las cuales
habían expulsado completamente. Algunas, escondidas, casi ocultas, trataban
apenas de vivir entre tanta asfixia. Llamé. Tardaron bastante en responder. Por
fin, llegó un viejo negro africano, cuyas barbas de algodón rizado, lo mismo
que su rala cabellera, daba a su fisonomía una aguda expresión de ancianidad,
dulzura y sufrimiento.
"En la sala había una galería de retratos: arrogantes
señores de luenga barba se perfilaban encuadrados en inmensas molduras doradas,
y dulces perfiles de señoras, con peinados imponentes, grandes abanicos, que
parecían querer subir a los aires, enfundadas en los redondos y abultados
vestidos, como globos; mas de todas aquellas cosas, a las cuales el polvo daba
mucha más antigüedad y respeto, lo que más me agradó fue un bello jarrón de
porcelana de China o de la India, o algo parecido... Aquella pureza de la
alfarería, la fragilidad, la ingenuidad del dibujo, aquel brillo tenue de luna,
me decían que aquel objeto había sido hecho por las manos de una criatura, de
sueños, para encanto de los ojos ya viejos y cansados, desengañados del
mundo...
"Esperé un instante al dueño de la casa. Tardó un
poco. Un tanto inseguro, con un gran pañuelo de hilo en las manos, tomando de
vez en cuando el viejo rapé de antaño, me inspiró un sentimiento de respeto
cuando lo vi llegar. Tuve deseos de marcharme. Aunque no fuera él el discípulo,
era siempre un crimen engañar a ese anciano, cuya vejez traía asociada a mi
mente algo de augusto, de sagrado. Dudé, pero me quedé. Adelantándome, dije:
"Yo soy el profesor de javanés, que el señor ha pedido". "Tome
asiento -me respondió el viejo-, ¿Es usted de Río de Janeiro?" "No
señor -respondí-, soy de Canavieiras. "Cómo -volvió a preguntar el viejo-.
Hable un poco más alto, soy un poco sordo". "Soy de Canavieiras, de
Bahía" -insistí yo. "¿En dónde hizo sus estudios?" "En San
Salvador". "¿Y en dónde aprendió javanés?" indagó él, con
aquella su manera insistente tan peculiar de los viejos.
"Yo no contaba con esa pregunta, mas inmediatamente
inventé una mentira. Le conté que mi padre era javanés. Tripulante de un navío
mercante, llegó a Bahía, y se estableció cerca de la localidad de Canavieiras
como pescador, se casó luego y prosperó, y precisamente aprendí el javanés con
mi padre".
- ¿Y lo creyó? Pero ¿y la cara, el físico? -preguntó mi
amigo, que hasta entonces permanecía en silencio.
- No soy -repliqué- muy diferente de un javanés. Estos mis
cabellos recios, duros y bastante gruesos, como mi piel de color mate, pueden
darme muy bien un aspecto de mestizo malayo... Tú sabes bien que, entre
nosotros, hay de todo: indios, malayos, tahitianos, malgaches, incluso hasta
godos. Es una comparsa de razas y de tipos de lo más extraños, capaz de dar
envidia al mundo entero.
- Esta bien, amigo mío, puedes continuar.
- El viejo me escuchaba atentamente, consideró mi físico,
pareciéndome que me creía en efecto hijo de malayo, y me preguntó con dulzura:
"¿Entonces está dispuesto a enseñarme javanés?" La respuesta saliome
sin querer: "Esta bien". "Usted ha de quedar admirado -añadió el
barón de Jacuecanga- que yo con esta edad desee aún saber algunas cosas
más..."
"- No tengo porqué admirarme. Muchos ejemplos se han
visto en el mundo, por cierto muy aleccionadores".
"- Lo que yo quiero, mi estimado joven..."
"Castelo" -me adelanté yo-. Lo que yo quiero, mi estimado señor
Castelo, es cumplir un juramento de familia. No sé si el señor sabe que yo soy
nieto del consejero Albernaz, aquel que acompañó a don Pedro I, cuando abdicó.
A su regreso de Londres trajo al Brasil un libro en una rara lengua, por el
cual tenía máxima estimación. Un hindú o un siamés se lo dio en Londres, en
prueba de agradecimiento por no sé cual servicio prestado por mi abuelo. Al
morir mi antepasado, llamó a mi padre y le dijo: "Hijo, tengo este libro
aqui, escrito en javanés. Quien me lo dio me aseguró que evita desgracias o
trae felicidades para el que lo tiene. Yo no puedo saber si tal cosa es cierta
o no lo es. En todo caso, guárdalo; mas si quieres que el hado que me dictó el sabio
oriental se cumpla, procura que tu hijo lo entienda, para que siempre nuestra
raza sea feliz". Mi padre -continuó el viejo barón- no tuvo mucha fe en
esas historias; con todo, guardó el libro. A las puertas de la muerte, me lo
dio y me dijo la misma sentencia, lo mismo que prometiera a su padre. Al
comienzo, poco caso hice de esa historia del libro. Lo dejé en la biblioteca de
la casa y me dediqué a mis actividades. Llegué incluso a olvidarme; mas de un
tiempo a esta parte, he pasado por tantos disgustos, tantas desgracias
acibararon mi vejez que me acordé de ese talismán de la familia. Tengo que
leerlo y saber su contenido, comprenderlo, si no quiero que mis últimos días
anuncien el desastre de mi posteridad; y para entenderlo, claro está que preciso
saber el javanés. Esto es todo".
"Callóse el viejo y noté que sus ojos se le habían
puesto húmedos. Discretamente, los secó con el pañuelo y me preguntó si quería
ver el libro. Le respondí que sí. Llamó al criado, le dio las instrucciones y
me dijo que había perdido todos los hijos y sobrinos, quedándole solamente una
hija casada, cuya prole, entretetanto, estaba reducida a un hijito, débil de
cuerpo y de poca salud, delgado e impresionable. Llegó el libro, era un viejo
infolio, antiguo, encuadernado en cuero, impreso en grandes letras en un papel
amarillo y grueso. Le faltaba la portada y por tal razón no se podía saber la
época de su impresión. Conservaba aún unas páginas de prefacio, escritas en
inglés, en donde leí que se trataba de ciertas historias del príncipe Fulanga,
escritor javanés de mucho mérito.
"Luego informé de eso al viejo barón que no se
percató que yo había llegado allí por el conocimiento del idioma inglés. Y
quedó encantado al saber la profundidad de mis conocimientos malayos. Estuve
largo rato examinando las páginas de tal cartapacio, haciendo como que leía o
deletreaba magistralmente aquella curiosidad, hasta que por fin contratamos las
condiciones de los honorarios y las horas, comprometiéndome a que, antes de un
año, el viejo pudiese leer ese mamotreto de una manera cabal.
"Poco tiempo después daba mi primera lección, mas el
viejo no fue tan diligente como yo. No conseguía aprender a distinguir ni a
escribir siquiera cuatro letras. En fin, con la mitad del alfabeto llevamos más
de un mes y el señor barón de Jacuecanga no llegó a dominar la materia:
aprendía y desaprendía fácilmente.
"La hija y el yerno (me imagino que hasta ese momento
nada sabían de la historia de tal libro) llegaron a tener noticias de los
estudios del viejo; pero no se molestaron por eso. Hallaron graciosa tal
preocupación y se imaginaron que eran cosas para distraerse o manías de
carcamal.
"Aunque te extrañe, caro amigo Castro, el yerno
quedóse profundamente admirado al ver la capacidad del profesor de javanés.
¡Qué cosa singular! El no se cansaba de repetir: "¡Es algo asombroso! ¡Tan
joven y ya con semejantes conocimientos! ¡Si yo supiese eso dónde
estaría!"
"El marido de doña María de la Gloria (así se llamaba
la hija del barón) era juez, hombre relacionado e influyente; mas no ocultaba
ante todos su admiración por mi javanés. Por otra parte, el barón estaba
contentísimo. Al cabo de dos meses desistió de semejante aprendizaje y me pidió
que le tradujese, tres días por semana, fragmentos del libro encantado. Le
bastaba con entenderlo; nada se oponía a que otra persona tradujese el libro y
él lo escuchase. Así se evitaba la fatiga del estudio y cumplía el encargo.
"Debo decirte que hasta hoy nada sé de javanés, mas
urdí una historia bien tonta, dándole las características de un viejo cronicón,
como muchos que conocía. ¡Cómo escuchaba él aquellas tonterías! ... Quedaba
extático, como si estuviese oyendo palabras de un ángel. ¡Y más méritos se acrecentaban
ante sus ojos! ...
"Me dio alojamiento en su casa, me colamaba de
regalos, y bien pronto me aumentó el sueldo. Pasaba, en fin, una vida regalada.
"Contribuyó mucho a eso la circunstancia de haber
recibido una herencia de un pariente olvidado que residía en Portugal. El buen
viejo atribuía la causa a mi javanés; y yo mismo casi llegué a creer también
tal cosa.
"Fui perdiendo mi remordimiento, aunque siempre tuve
miedo de que el día menos pensado apareciese alguien versado en javanés, y se
evidenciara mi desconocimiento de tal idioma malayo. Ese era mi temor, que
llegó a acentuarse cuando el viejo barón me mandó con una carta al vizconde de
Carurú, para que me hiciese entrar en la carrera diplomática. Aduje con calor mi
falta de elegancia, mi fealdad, mi aspecto tagalo. "¡Qué importa! -me
replicaba- . Vaya, muchacho; usted sabe javanés, y eso basta!" Fui. El
vizconde me mandó a la Secretaría de Asuntos Extranjeros con diversas
recomendaciones. ¡Fue un éxito rotundo!
"El director llamó al jefe de la sección, diciéndole:
"¡Vea, amigo, un hombre que sabe javanés!; qué portento!"
"Los jefes de las diversas secciones me llevaron a
los oficiales y éstos a los amanuenses y uno de éstos me miró con odio, no sé
si de envidia o de admiración... Y todos me decían: "¿Con que sabe
javanés? ¡Qué idioma difícil! ¡No hay nadie, salvo usted en esta casa, que sepa
javanés!"
"El amanuense de marras que me miró con odio, acudió
entonces: "Ciertamente, usted sabe javanés, mas yo se canaque; ¿conoce
usted esa lengua?" Le dije que no y pasé a ver al ministro.
"El alto funcionario levantóse, puso sus manos en las
caderas, luego arregló los lentes sobre la nariz y preguntó: "¿Así que
sabe javanés?" Le respondí que sí; y a sus preguntas de dónde y en qué
lugar, le conté la vieja historia de mi padre javanés... "Bien -dijome el
ministro-, usted no puede entrar en la diplomacia: su físico no lo favorece...
Lo mejor sería un buen consulado en Asia o tal vez en Oceanía. Por el momento
no tenemos vacante, pero como pienso hacer una reforma, usted entrará. De hoy
en adelante, queda usted agregado al Ministerio en mi gabinete; además, en
breve se realizará un congreso de linguística en el exterior y usted
representará al Brasil. ¡Estudie, lea particularmente a Hovelacque, Max Muller
y algunos otros!"
"Imagínate tú que yo, sin saber nada de javanés, me
encontraba empleado en virtud de esos conocimientos, como también nombrado para
representar al Brasil en un congreso de sabios...
"El viejo barón murió en ese interin, pasando el
legado del libro al yerno con el deseo de que éste lo transmitiese a su vez al
nieto, cuando tuviera la edad conveniente. Me dejó también en el testamento
alguna cosa.
"Me puse a estudiar con afán las lenguas
malayo-polinésicas; pero todo era inútil. Bien nutrido, bien vestido, bien
dormido, no tenía la energía necesaria para hacer entrar en mi cabeza aquellas
cosas tan raras. Compré libros, me subscribí a revistas, tales como:
"Revue Anthropologique et Linguistique", "Proceedings of the
English", "Oceanic Association", "Archivio Glottologico
Italiano", ¡y el diablo!... Y lo más curioso del caso es que mi fama
crecía. En las calles, los informados de mis cualidades, me señalaban diciendo
a los otros: "Allí va el sujeto que habla javanés". En las
bibliotecas los gramáticos me consultaban sobre la colocación de los pronombres
en tal o cual lugar de las islas de Sonda. Recibía cartas de los eruditos del
interior, los diarios citaban mis conocimientos y me negué a aceptar varios
alumnos deseosos de aprender el javanés. Por invitación de la dirección del
"Journal do Comercio" escribí un artículo de cuatro columnas sobre la
literatura javanesa antigua y moderna".
- ¿Cómo es que tú sabías eso? -me interrumpió atento
Castro.
- Muy sencillo: primero describí la isla de Java, con el
auxilio de diccionarios y obras geográficas, y luego comencé a citar nombres a
más no poder.
- ¿Y nunca dudaron? -me inquirió interesado mi amigo.
- Nunca. Es decir, una vez casi quedé perdido. La policía
prendió un sujeto, un marinero bronceado, que sólo hablaba una lengua extraña,
misteriosa. Llamaron a diversos intérpretes, pero ninguno lo entendía. Fui
también llamado, con todos los respetos que mi sabiduría merecía, naturalmente.
Tardé en ir, pero me decidí finalmente. El marinero ya estaba en libertad, merced
a las gestiones del cónsul holandés, con el cual se pudo entender por media
docena de palabras holandesas. ¡El tal marinero era javanés!... ¡Aquello fue
terrible!
"Llegó entretanto la época del congreso, y como era
natural, partí para Europa. ¡Qué delicia! Asistí a la inauguración y también a
las sesiones preparatorias. Me inscribieron en la sección de tupi-guaraní, y
marché luego para París. Antes, empero, hice publicar en el "Mensajero de
Basilea" mi retrato, con una cantidad de notas biográficas y
bibliográficas. Cuando regresé, el presidente me pidió disculpas por haberme
colocado en aquella sección. No conocían mis trabajos y juzgaron que, por ser
un americano-brasileño, me estaba naturalmente indicada la sección de
tupi-guaraní. Acepté las explicaciones y hasta hoy no pude escribir mis obras
sobre el javanés, para mandárselas, tal como se lo había prometido...
"Concluído el congreso, mandé publicar extractos de
artículos del "Mensajero de Basilea" en Berlín, en Turín y en París, donde
los lectores de mis obras me rodearon y les ofrecí un banquete que me costó
casi diez mil francos, lo que me restaba de la herencia del crédulo barón de
Jacuecanga...
"No perdí tiempo ni mi dinero. Llegué a ser una
gloria nacional, y al saltar en el muelle a mi regreso, recibí una ovación de
todas las clases sociales y del Presidente de la Republica, quien días después
me invitaba a un almuerzo en su compañía. A los seis meses fui nombrado consul
en La Habana, en donde estuve seis años y adonde regresaré muy en breve, para
perfeccionarme en los estudios de las lenguas malayas, melanesias y de la
Polinesia".
- ¡Es fantástico! -observó Castro, tomando su vaso de
cerveza.
- Pues mira tú, si no fuera porque me encuentro contento
con mi profesión, ¿sabes lo que sería?
- ¿Qué?
- ¡Bacteriólogo eminente! ¿Vamos?
- Vamos...

Una historia confusa
Caio
Fernando Abreu febrero
Era jueves.
Como en los últimos jueves, él estaba nervioso y traía un sobre en la mano.
Tiró el sobre encima de la mesa, y comenzó a caminar por el cuarto.
- ¿Otra carta?
–pregunté.
No respondió. Sólo
hizo un movimiento impaciente con los hombros, que podía significar demasiadas
cosas. Pero no dije nada. Yo, entonces, abrí y leí las palabras escritas con
cuidado:
Te vi a través de
las rosas y había en tus ojos una ansiedad muda. Algo así como si quisieras
hablar conmigo. Juro que a la salida intenté acercarme, pero tuve miedo. Sé que
igual vamos a ser amigos. No quiero forzar nada. Hoy día es Domingo antes del
almuerzo. La casa está vacía. Me gustaría haberte escrito después de esa noche.
Es increíble, pero hace dos décadas, ese mismo día de la semana, a esa misma
hora, yo estaba naciendo.
- Es bonito –me
arriesgué a decir.- Un poco juvenil, tal vez. Pero bonito. Al final, la
adolescencia siempre es bonita.
- Él tiene 20 años.
-¿Él? ¿Cómo sabes
que es él y no ella?
- Yo creo, lo
siento así. Una mujer no escribiría esas cosas. No sé, la forma de escribir,
algo.
- Puede ser –le
dije.
- Y había otra
cosa, creo que no te la mostré. Él decía que estaba cansado, eso mismo, cansado
y no cansada.
- No me acuerdo
–mentí. – Él puede estar mintiendo. Esa fecha, por ejemplo, esa fecha puede ser
inventada.
Él evitó mirarme
mientras me contaba:
- Fui a preguntarle
a un astrólogo. Él nació el 22 de Septiembre de 1954. Entre las diez y el medio
día. Es virgo, dice el astrólogo, del último día de Virgo. Por los cálculos, su
ascendente debe ser Escorpión.
- ¿Ascendente?
- Es el signo que.
–Él levantó los ojos, irritado. – Escucha: tú no vas a querer ahora que te dé
una clase de astrología, ¿no?
- No, no. Sólo quería saber lo que quiere decir eso.
- Quiere decir que
él debe ser inteligente. Muy inteligente. Y secreto, misterioso, intenso. Sólo
por las cartas uno ya percibe que él tiene cierta…estructura. Las cartas están
bien escritas, la gramática es siempre correcta.
- Es verdad –dije.-
Correctísima.
Él se sentó al
borde de la cama.
- No aguanto más.
Esto lleva casi dos meses. Necesito saber quién es esa persona.
Sentado a los pies
de la cama, yo no sabía qué decir.
- Él sabe todo
sobre mí, mis horarios, todo. A veces habla de personas que conozco, de lugares
a los que voy. Debe estar siempre cerca, debe conocer mucha gente que conozco.
- Estás muy
agitado.- Claro. ¿Cómo quieres que esté? Cada vez que recibo una carta de éstas
quedo así. Me da una sensación extraña, salgo a la calle con la impresión de
que estoy siendo observado. Alguien que no sé quién es, me acompaña en todos
mis movimientos.
- Con amor –dije.
Él encendió un
cigarro y siguió el humo hasta el techo:
- ¿Amor? No sé. Es
medio paranóico. Parece que quiere enloquecerme de a poco.
- O para que te
intereses en él.
Se levantó, de
improviso, y se acostó en la mesa. De espaldas, yo sólo podía ver sus hombros
curvos y sus dos manos sujetando la cabeza.
- Me imagino las historias más increíbles. A veces creo que es alguien que sólo quiere divertirse conmigo.
- No. –Y dije por segunda vez: – Eso es amor.
- ¿Será? Hay cosas,
hay algunas cosas que escribe que lo parecen. No sé, parecen verdades,
¿entiendes? Él me toca, se mueve conmigo. Tal vez yo esté todo acomplejado
porque alguien está dispuesto a prestarme atención.
- Eso es amor-
repetí por tercera vez. Él caminó hasta la ventana. Noté que miraba las hojas
de las palmeras de calle moviéndose por el viento norte.
- A veces tengo
ganas de pagarle a un detective. Pero las pistas son pocas. Sellos comunes,
sobre común, cada día una firma de una agencia diferente. Y ese tipo de máquina
es de lo más común.
- Lettera 22.
- Tiró la colilla
del cigarro por la ventana, y se dio vuelta de repente mirándome a los ojos.
- ¿Cómo sabes eso?
- Bueno, cualquiera
que usa una máquina de escribir reconoce el logo. Es inconfundible –afirmé. Y
cambié de asunto: – Pero no deja de ser bonito.
- Bonito e
infernal.
- Y antiguo.
- Cartas anónimas.
Parece cosa de romance del siglo pasado. Romance epistolar. Platónico. –
Suspiró profundamente. – Pero es necesario saber luego quién es este muchacho.
Nunca nadie se interesó tanto en mí.
Volvió a sentarse
en la mesa, y encendió otro cigarro. Le acerqué el cenicero:
- Tú siempre fumas
más los jueves.
Él se rió.
- Ahora los
miércoles también. Me quedo pensando si al día siguiente va a llegar otra carta
– Aspiró profundo, cerrando los ojos. Y prosiguió, soltando el humo: – Tengo
algo escrito para él.
- ¿Qué?
- Que tengo algo
escrito para él, escondido.
- ¿Tú no le
contaste nada a Martha?
- ¿Estás loco? Tú
sabes lo celosa que es, sólo te he contado a ti. Me tengo que esconder para
escribir.
Encerrado en el
escritorio, me quedo pensando que debe haber una especie de espíritu que sale
por la ventana cuando estoy escribiendo. Siempre dejo la ventana abierta cuando
escribo para él, después vuela por los tejados, atraviesa las calles de la
ciudad y las paredes para llegar hasta donde él está, ¿entiendes?
- ¿Y qué haces con
las cartas que escribes?
- Las guardo bajo
siete llaves. Tal vez un día pueda entregárselas personalmente.
Yo también encendí
un cigarro
- Y…¿qué le dices
en tus cartas?
- Le pido socorro.
Le digo que mi matrimonio es un horror, que ya llevo 3 años de ese horror que
no termina. ¿Sabes que a la Martha, ahora, le dio por llamarme fofo? ¿Hay algo
más odioso? Los domingos me pide parte del diario y me dice “mira, fofo,
necesitamos aprovechar esta liquidación, fofo, dura sólo hasta el día 15,
fofo”.
- Pero la Martha es
una mujer tan…especial.
- Antes de casarse.
Después, todas las mujeres se transforman en débiles mentales. Haces bien en no
entrar en eso.
Apagué el cigarro.
Apagué el cigarro.
- ¿Y qué más dicen
las cartas?
El se apoyó en la
mesa. Una de las manos apoyaba la cabeza, y la otra pasaba, lenta, por el borde
de la madera. Como acariciándola.
- Le digo que a veces tengo ganas de tener un amigo como esos que teníamos en
nuestra adolescencia. Esos a los que les contabas todo, absolutamente todo. Y
que, en realidad, uno no sabe si es tu amigo o tu hermano.
- O amante.
- O amante – él repitió. Se tiró otra vez sobre la cama, sacó una hoja arrugada del bolso y leyó: – Yo digo que estoy dispuesto a cualquier cosa, y lo digo así: “Quédate cerca mío. Mírame, tócame, dime cualquier cosa. O no digas nada, pero quédate cerca. No seas idiota, no dejes que esto se pierda, que se convierta en polvo, que se convierta en nada. De aquí a poco vas a crecer y encontrar todo esto ridículo. Antes que todo se pierda, mientras todavía pueda decir sí, acércate”.
Dobló la hoja y volvió a meterla en el bolso, más arrugada. Nos miramos. Yo no sabía qué decir. El se hundió en la cama, se dio vuelta hacia la pared. Me quedé escuchando:
- Te hablo a ti
como si fueras él. Si tú puedes ayudarme, si él pudiera ayudarme. Es tan
difícil. Salgo a la calle y me quedo mirando a todos los niños de 20 años, como
si cualquiera de ellos pudiese ser él. Siento cosas que no entiendo del todo.
No me gusta no entender lo que siento. No me gusta pelear contra lo que no conozco.
Nunca viví nada similar. Un viento fuerte abrió la ventana, haciendo que las
cenizas del cenicero se desparramaran en la mesa. Él pareció un niño, encogido
sobre la cama. Seguí escuchándolo:
- Ya tengo 34 años,
no puedo sentir las cosas como si tuviera 15. Tú lo sabes, tenemos casi la
misma edad. ¿Cuántos tienes ahora?
- 33 –le dije.
- Pues eso, tú lo
sabes bien. No estamos en edad para enredarnos en esos delirios.
- ¿Crees que no? –pregunté. Pero él continuó hablando sin escucharme.
- Es tan extraño saber
que hay alguien pensando en mí todo el tiempo. Alguien que no conozco. Y que
tiene 20 años. Me quedo pensando cosas locas, no puedo parar.
- ¿Qué cosas?
–pregunté en voz baja. – ¿Qué cosas piensas?
Él pasó su mano por
la pared blanca:
- Acostarme a su
lado. Sin ropa. Abrazarlo con fuerza. Besarlo. En la boca. – Retiró su mano de
la pared y la puso junto a su cuerpo, en el medio de las piernas. – Debe ser el
viento norte, ese exceso de luz, la primavera llegando, la luna casi llena. No
sé, discúlpame. Estoy muy confundido.
Se quedó callado.
Miraba por la ventana como si estuviera viendo algo, más allá de las palmeras,
algo que yo no conseguía ver. Seguía sin saber qué decir. Me acerqué para estar
más cerca, para poder extender mi mano y tocar su pelo desordenado. ¿Y si no
tuviera 20 años, ese muchacho -pensé en preguntar-, te seguiría gustando?
Resolví no decir nada. Detuve mi mano en el aire, y la traje de vuelta para
tomar otro cigarro. Seguí cerca de él. Cerca, muy cerca. Era otro jueves, de
septiembre, y desde el inicio de Agosto andábamos muy confundidos los dos.
Título Original: Uma história confusa
El cuento se encuentra en el libro Ovelhas Negras (1995)
Traducción: Roberto Santander
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