martes, 14 de noviembre de 2017

CUENTOS DEL BRASIL



UNA VELA PARA DARÍO

Dalton Trevisan
Darío viene apresurado, paragua en el brazo izquierdo. Cuando dobla la esquina disminuye el paso hasta parar, se apoyaen una pared. Resbala por ella, queda sentado en la vereda, todavía húmeda de lluvia. Apoya en el suelo la pipa.
Dos o tres que pasan a su lado indagan si no está bien. Darío abre la boca, mueve los labios. No se oye respuesta. El señor gordo, de blanco, dice que debe sufrir un ataque.
Se recuesta un poco más, extendido en la vereda, la pipa se apagó. El muchacho de bigote pide a los otros que se aparten y lo dejen respirar. Le abre el saco, el cuello, la corbata y el cinto. Cuando le sacan los zapatos, Darío ronca feo, burbujas de espuma le surgen en los costados de la boca.
Cada uno que llega se para en puntas de pie, no lo puede ver. Los que viven en esa calle conversan de una puerta a otra, los chiquitos en pijama acuden a las ventanas. El señor gordo repite que Darío se sentó en la vereda soplando el humo de la pipa, apoyaba el paragua en la pared. Pero no se ve paragua o pipa a su lado.
La viejita de cabeza gris grita que está muriendo. Un grupo lo arrastra hasta el taxi de la esquina. Ya la mitad del cuerpo en el auto, protesta el taxista: ¿quién va a pagar el viaje? Coinciden en llamar a la ambulancia. Darío es llevado de vuelta y apoyado en la pared; no tienen los zapatos ni el alfiler de perla en la corbata.
Alguien menciona la farmacia en la otra cuadra. No cargan a Darío más allá de la esquina; la farmacia a una cuadra y, además, muy pesado. Lo dejan en la puerta de una pescadería. Enjambre de moscas que le cubre la cara sin que haga un gesto para espantarlas.
El café ahí cerca ocupado por las personas interesadas por el incidente y, ahora, comiendo y bebiendo gozan de las delicias de la noche. Darío tranquilo y atravesado en el umbral de la pescadería, sin el reloj-pulsera.
Un tercero sugiere que le revisen los papeles, retirados –con varios objetos– de sus bolsillos y alineados sobre la camisa blanca. Se enteran del nombre, edad, fecha de nacimiento. La dirección en la billetera es de otra ciudad.
Se registra una corrida de unos docientos curiosos que a esa hora ocupan toda la calle y las veredas; es la policía. El auto negro empuja a la multitud. Varias personas tropiezan con el cuerpo de Darío, pisoteado diecisiete veces.
El agente se acerca al cadáver, no puede identificarlo: los bolsillos vacíos. Queda en la mano izquierda la alianza de oro que él mismo –cuando vivo– sólo se sacaba con agua y jabón. La policía decide llamar al furgón.
La última boca repite Se murió, se murió. La gente comienza a dispersarse. Darío tardó dos horas en morir, nadie creía que estuviese en el fin. Ahora, a los que alcanzan a verlo, todo el aire de un difunto.
Un señor piadoso dobla el saco de Darío para apoyarle la cabeza. Le cruza las manos sobre el pecho. No consigue cerrar ojos ni boca, donde la espuma desapareció. Sólo un hombre muerto y la multitud se dispersa, las mesas del café quedan vacías. En la ventana algunos vecinos con almohadas para descansar los codos.
Un chico de color y descalzo viene con una vela, que enciende junto al cadáver. Parece muerto hace muchos años, casi el retrato de un muerto descolorido por la lluvia.
Se cierran las ventanas una por una. Tres horas después ahí está Darío a la espera del furgón. La cabeza ahora en el suelo, sin el saco. Y el dedo sin la alianza. El trozo de vela se apaga con las primeras gotas de lluvia, que vuelve a caer.
* Curitiba, Brasil. 1925. [En Vozes do retrato. São Paulo, 1991. Traducción de Carlos R. Luis]






Antiguas aeromozas

La Asociación de Antiguas Aeromozas celebra su convención anual a bordo de un viejo Hércules C-130 donado por una compañía aérea. Son cien, ciento veinte señoras, todas alegres, todas nostálgicas. La reunión en el viejo aeropuerto, hoy fuera de servicio por cuestiones de seguridad, es ya motivo de alegría y emoción. Se saludan, se abrazan, intercambian cumplidos: ¡Cómo está usted bonita! ¡Qué bien conservada!

     Se embarcan cantando el Himno de las Antiguas Aeromozas ("Entre las nubes de borde dorado/ reposa un recuerdo, tan atesorado"). Cuando el avión despega, no pueden contener lágrimas nostálgicas. Pero en cuanto la aeronave queda nivelada a una altura conveniente, se disputan con entusiasmo los carritos: quieren servir. "¿Puedo ofrecerle un lunch, señora?" "¿Algo de beber, señora?" Se sigue con la declamación de poemas, la representación de sketches y, al fin, el momento culminante: evocando los tiempos heroicos de la aviación, todas se lanzarán en paracaídas.

     Algunos no abrirán. Pero ello está previsto. La vida en las alturas no sería posible sin un mínimo de titilantes incertidumbres. -
Fin

Argumento turístico

Primer día: presentación en el aeropuerto. Los excursionistas contarán con la asistencia del personal de la agencia de viajes en todo lo que se refiere a embarque de equipajes, verificación de pasaportes, etc. Usted —sólo usted— recibirá un sobre cerrado. En él, un mensaje: "El nombre de ella es Eugenia".
Segundo día: llegada a Puerto Balladero. En el aeropuerto estará aguardando a los excursionistas la guía, muchacha bellísima. Sonriendo, se acercará a usted y dirá: "Soy Eugenia".
Mañana libre. La tarde, paseo por la ciudad, visita al antiguo mercado y a la catedral de San Carlos, Eugenia siempre sonriendo para usted.
Tercer día: libre para compras. Eugenia ofrecerá acompañarlo al barrio de artesanos. Usted le comprará regalos y la convidará a cenar al célebre El Hueco. Después ella volverá con usted al hotel. Tórrida noche de amor.
Cuarto día: visita al lago Huatzli-Cucho. Usted y Eugenia pasearán tomados de las manos, sin ocuparse de los cuchicheos y las sonrisas irónicas de los otros excursionistas.
 Quinto día: viaje a las cataratas de Tronado. Incomprensiblemente, la guía Eugenia se mostrará esquiva, enigmática. En el almuerzo (Paradero del León, famoso por sus asados) ella se sentará lejos de usted. A la noche, hospedado en el Hotel Alhambra (cuatro estrellas), usted la aguardará en vano.
     Sexto día: visita al antiguo Castillo de los Leopardos, con sus ingeniosos puentes levadizos. Junto a la muralla, usted, angustiado, intentará agarrarla: ¿Qué tienes, Eugenia, qué pasa? No pasa nada, responderá ella soltándose.
     Por la noche, espectáculo de danzas folclóricas con el conjunto Águilas del Sol. De vuelta al hotel, usted se encerrará en su cuarto, llorando mucho.
     Séptimo día: visita al monasterio de San Ignacio. Almuerzo al aire libre. Visita al Museo de Cerrajeros. Paseo por la playa. Por la noche: fiesta de despedida. Eugenia no irá.

     Octavo día: regreso y Fin de nuestros servicios.
 -— Traducción del portugués de Alain-Paul Mallard




Niña Bonita
Ana Maria Machado
Había una vez una niña bonita, bien bonita.
Tenía los ojos como dos aceitunas negras,
Lisas y muy brillantes. Su cabello era rizado y
Negro, muy negro, como hecho de finas hebras
De la noche. Su piel era oscura y lustrosa, más
Suave que la piel de la pantera cuando juega en la lluvia.
A su mama le encantaba y a veces le hacia
Unas trencitas todas adornadas con cintas de colores.
 Y la niña bonita terminaba
Pareciendo una princesa de las tierras de
África o un hada del reino de la luna.
Al lado de la casa de la niña bonita vivía un conejito blanco,
De orejas color rosa, ojos muy rojos y hocico tembloroso. El conejo pensaba
Que la niña era la persona más linda que había visto en toda
Su vida. Y decía:
-          cuando yo me case, quiero tener una hija negrita y bonita.
Tan linda como ella…
Por eso un día fue adonde la niña y le preguntó: -Niña bonita, Niña bonita,
¡Cuál es tu secreto para ser tan negrita? La niña no sabía
Pero invento: -Ah, debe ser que de chiquita me cayó encima un frasco
De tinta negra.
El conejo fue a buscar un frasco de tinta negra.
Se lo echo encima y se puso negro
Y muy contento. Pero cayó un aguacero
Que le lavo toda la negrura y el conejo
Quedo blanco otra vez.
Entonces regreso donde la niña y le pregunto: -Niña bonita,
Niña bonita ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?
 La niña no sabía pero invento:
-          Ah de ser que de chiquita tome mucho café negro. El conejo fue
A su casa. Tomo tanto café que perdió el sueño y paso
Toda la noche haciendo pipi. Pero no se pudo nada negro.
Regreso entonces adonde la niña y le pregunto otra vez:
-Niña bonita, Niña bonita ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?
 La niña no sabía pero invento:
-          Ah, debe ser que de chiquita como mucha uva negra.
-          El conejo fue a buscar una cesta de uvas negras y comió. Y comió hasta
Quedar atiborrado de uvas, tanto, que casi no podía moverse.
Le dolía la barriga y paso toda la noche haciendo popo.
Pero no se puso nada negro.
Cuando se mejoro. Regreso adonde la niña y le pregunto una vez mas:
-Niña bonita, Niña bonita ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?
 La niña no y ya iba a ponerse a inventar algo de unos frijoles negros,
Cuando su madre, que era una mulata linda y risueña, dijo:
-          Ningún secreto. Encantos de una abuela negra que ella tenía.
Ahí el conejo, que era bobito pero no tonto, se dio cuenta de que la
Madre debía estar diciendo la  verdad, porque la gente se parece
Siempre a sus padres, a sus abuelos, a sus tíos y hasta a los parientes
Lejanos. Y si él quería tener una hija negrita y linda como la niña bonita,
Tenía que buscar una coneja para casarse.
No tuvo que buscar mucho. Muy pronto, encontró una coneja oscura
Como la noche que hallaba a ese conejo blanco muy simpático.
Se enamoraron, se casaron y tuvieron un montón de hijos, porque
Cuando los conejos se ponen a tener hijos, no paran más.
Tuvieron conejitos para todos los gustos: blancos, bien blancos,
Blancos medio grises, blancos manchados de negro,
Negros manchados de blanco, y hasta una conejita negra, bien negrita.
Y la niña bonita fue la madrina de la conejita Negra.
Cuando la conejita salía a pasear siempre
Había alguien que le preguntaba: -coneja
Negrita, ¿Cuál es tu secreto para ser tan bonita?
Y ella respondía: - Ningún secreto.
Encantos de mi madre que ahora son míos.


Una historia confusa
Caio Fernando Abreu febrero

 Era jueves. Como en los últimos jueves, él estaba nervioso y traía un sobre en la mano. Tiró el sobre encima de la mesa, y comenzó a caminar por el cuarto.
- ¿Otra carta? –pregunté.
No respondió. Sólo hizo un movimiento impaciente con los hombros, que podía significar demasiadas cosas. Pero no dije nada. Yo, entonces, abrí y leí las palabras escritas con cuidado:
Te vi a través de las rosas y había en tus ojos una ansiedad muda. Algo así como si quisieras hablar conmigo. Juro que a la salida intenté acercarme, pero tuve miedo. Sé que igual vamos a ser amigos. No quiero forzar nada. Hoy día es Domingo antes del almuerzo. La casa está vacía. Me gustaría haberte escrito después de esa noche. Es increíble, pero hace dos décadas, ese mismo día de la semana, a esa misma hora, yo estaba naciendo.
- Es bonito –me arriesgué a decir.- Un poco juvenil, tal vez. Pero bonito. Al final, la adolescencia siempre es bonita.
- Él tiene 20 años.
-¿Él? ¿Cómo sabes que es él y no ella?
- Yo creo, lo siento así. Una mujer no escribiría esas cosas. No sé, la forma de escribir, algo.
- Puede ser –le dije.
- Y había otra cosa, creo que no te la mostré. Él decía que estaba cansado, eso mismo, cansado y no cansada.
- No me acuerdo –mentí. – Él puede estar mintiendo. Esa fecha, por ejemplo, esa fecha puede ser inventada.
Él evitó mirarme mientras me contaba:
- Fui a preguntarle a un astrólogo. Él nació el 22 de Septiembre de 1954. Entre las diez y el medio día. Es virgo, dice el astrólogo, del último día de Virgo. Por los cálculos, su ascendente debe ser Escorpión.

- ¿Ascendente?
- Es el signo que. –Él levantó los ojos, irritado. – Escucha: tú no vas a querer ahora que te dé una clase de astrología, ¿no?
- No, no. Sólo quería saber lo que quiere decir eso.
- Quiere decir que él debe ser inteligente. Muy inteligente. Y secreto, misterioso, intenso. Sólo por las cartas uno ya percibe que él tiene cierta…estructura. Las cartas están bien escritas, la gramática es siempre correcta.
- Es verdad –dije.- Correctísima.
Él se sentó al borde de la cama.
- No aguanto más. Esto lleva casi dos meses. Necesito saber quién es esa persona.
Sentado a los pies de la cama, yo no sabía qué decir.
- Él sabe todo sobre mí, mis horarios, todo. A veces habla de personas que conozco, de lugares a los que voy. Debe estar siempre cerca, debe conocer mucha gente que conozco.
- Estás muy agitado.- Claro. ¿Cómo quieres que esté? Cada vez que recibo una carta de éstas quedo así. Me da una sensación extraña, salgo a la calle con la impresión de que estoy siendo observado. Alguien que no sé quién es, me acompaña en todos mis movimientos.
- Con amor –dije.
Él encendió un cigarro y siguió el humo hasta el techo:
- ¿Amor? No sé. Es medio paranóico. Parece que quiere enloquecerme de a poco.
- O para que te intereses en él.
Se levantó, de improviso, y se acostó en la mesa. De espaldas, yo sólo podía ver sus hombros curvos y sus dos manos sujetando la cabeza.

- Me imagino las historias más increíbles. A veces creo que es alguien que sólo quiere divertirse conmigo.
- No. –Y dije por segunda vez: – Eso es amor.
- ¿Será? Hay cosas, hay algunas cosas que escribe que lo parecen. No sé, parecen verdades, ¿entiendes? Él me toca, se mueve conmigo. Tal vez yo esté todo acomplejado porque alguien está dispuesto a prestarme atención.
- Eso es amor- repetí por tercera vez. Él caminó hasta la ventana. Noté que miraba las hojas de las palmeras de calle moviéndose por el viento norte.
- A veces tengo ganas de pagarle a un detective. Pero las pistas son pocas. Sellos comunes, sobre común, cada día una firma de una agencia diferente. Y ese tipo de máquina es de lo más común.
- Lettera 22.
- Tiró la colilla del cigarro por la ventana, y se dio vuelta de repente mirándome a los ojos.
- ¿Cómo sabes eso?
- Bueno, cualquiera que usa una máquina de escribir reconoce el logo. Es inconfundible –afirmé. Y cambié de asunto: – Pero no deja de ser bonito.
- Bonito e infernal.
- Y antiguo.
- Cartas anónimas. Parece cosa de romance del siglo pasado. Romance epistolar. Platónico. – Suspiró profundamente. – Pero es necesario saber luego quién es este muchacho. Nunca nadie se interesó tanto en mí.
Volvió a sentarse en la mesa, y encendió otro cigarro. Le acerqué el cenicero:
- Tú siempre fumas más los jueves.
Él se rió.
- Ahora los miércoles también. Me quedo pensando si al día siguiente va a llegar otra carta – Aspiró profundo, cerrando los ojos. Y prosiguió, soltando el humo: – Tengo algo escrito para él.

- ¿Qué?
- Que tengo algo escrito para él, escondido.
- ¿Tú no le contaste nada a Martha?
- ¿Estás loco? Tú sabes lo celosa que es, sólo te he contado a ti. Me tengo que esconder para escribir.
Encerrado en el escritorio, me quedo pensando que debe haber una especie de espíritu que sale por la ventana cuando estoy escribiendo. Siempre dejo la ventana abierta cuando escribo para él, después vuela por los tejados, atraviesa las calles de la ciudad y las paredes para llegar hasta donde él está, ¿entiendes?
- ¿Y qué haces con las cartas que escribes?
- Las guardo bajo siete llaves. Tal vez un día pueda entregárselas personalmente.
Yo también encendí un cigarro
- Y…¿qué le dices en tus cartas?
- Le pido socorro. Le digo que mi matrimonio es un horror, que ya llevo 3 años de ese horror que no termina. ¿Sabes que a la Martha, ahora, le dio por llamarme fofo? ¿Hay algo más odioso? Los domingos me pide parte del diario y me dice “mira, fofo, necesitamos aprovechar esta liquidación, fofo, dura sólo hasta el día 15, fofo”.
- Pero la Martha es una mujer tan…especial.
- Antes de casarse. Después, todas las mujeres se transforman en débiles mentales. Haces bien en no entrar en eso.
Apagué el cigarro.
- ¿Y qué más dicen las cartas?
El se apoyó en la mesa. Una de las manos apoyaba la cabeza, y la otra pasaba, lenta, por el borde de la madera. Como acariciándola.
- Le digo que a veces tengo ganas de tener un amigo como esos que teníamos en nuestra adolescencia. Esos a los que les contabas todo, absolutamente todo. Y que, en realidad, uno no sabe si es tu amigo o tu hermano.
- O amante.

- O amante – él repitió. Se tiró otra vez sobre la cama, sacó una hoja arrugada del bolso y leyó: – Yo digo que estoy dispuesto a cualquier cosa, y lo digo así: “Quédate cerca mío. Mírame, tócame, dime cualquier cosa. O no digas nada, pero quédate cerca. No seas idiota, no dejes que esto se pierda, que se convierta en polvo, que se convierta en nada. De aquí a poco vas a crecer y encontrar todo esto ridículo. Antes que todo se pierda, mientras todavía pueda decir sí, acércate”.

Dobló la hoja y volvió a meterla en el bolso, más arrugada. Nos miramos. Yo no sabía qué decir. El se hundió en la cama, se dio vuelta hacia la pared. Me quedé escuchando:
- Te hablo a ti como si fueras él. Si tú puedes ayudarme, si él pudiera ayudarme. Es tan difícil. Salgo a la calle y me quedo mirando a todos los niños de 20 años, como si cualquiera de ellos pudiese ser él. Siento cosas que no entiendo del todo. No me gusta no entender lo que siento. No me gusta pelear contra lo que no conozco. Nunca viví nada similar. Un viento fuerte abrió la ventana, haciendo que las cenizas del cenicero se desparramaran en la mesa. Él pareció un niño, encogido sobre la cama. Seguí escuchándolo:
- Ya tengo 34 años, no puedo sentir las cosas como si tuviera 15. Tú lo sabes, tenemos casi la misma edad. ¿Cuántos tienes ahora?
- 33 –le dije.
- Pues eso, tú lo sabes bien. No estamos en edad para enredarnos en esos delirios.
- ¿Crees que no? –pregunté. Pero él continuó hablando sin escucharme.
- Es tan extraño saber que hay alguien pensando en mí todo el tiempo. Alguien que no conozco. Y que tiene 20 años. Me quedo pensando cosas locas, no puedo parar.
- ¿Qué cosas? –pregunté en voz baja. – ¿Qué cosas piensas?
Él pasó su mano por la pared blanca:
- Acostarme a su lado. Sin ropa. Abrazarlo con fuerza. Besarlo. En la boca. – Retiró su mano de la pared y la puso junto a su cuerpo, en el medio de las piernas. – Debe ser el viento norte, ese exceso de luz, la primavera llegando, la luna casi llena. No sé, discúlpame. Estoy muy confundido.
Se quedó callado. Miraba por la ventana como si estuviera viendo algo, más allá de las palmeras, algo que yo no conseguía ver. Seguía sin saber qué decir. Me acerqué para estar más cerca, para poder extender mi mano y tocar su pelo desordenado. ¿Y si no tuviera 20 años, ese muchacho -pensé en preguntar-, te seguiría gustando? Resolví no decir nada. Detuve mi mano en el aire, y la traje de vuelta para tomar otro cigarro. Seguí cerca de él. Cerca, muy cerca. Era otro jueves, de septiembre, y desde el inicio de Agosto andábamos muy confundidos los dos.

Título Original: Uma história confusa

El cuento se encuentra en el libro Ovelhas Negras (1995)

 Traducción: Roberto Santander

Aldyr García Schlee
La francesita –que el lector, si quiere, puede reconocer en este cuento– llegó a San Fructuoso llamándose Marie Berthe Gardès, cuando por aquí recién se instalara la Mina San Pablo, de la Compagnie Française d’Or de l’Uruguay.

Hace mucho tiempo: el siglo diecinueve andaba por la mitad de su segunda mitad; y se había propagado por la región una insensata y espantosa correría en busca de oro, atrayendo a miles de gentes de toda laya y pelo para las decenas de minas enclavadas sobre unas doscientas leguas cuadradas, desde el rincón ubicado entre los arroyos Cuñapirú y Corrales hasta el Caraguatá, pasando por los Cerros Blancos, las sierras del Areicuá, el Laureles y el Zapucay.

Se supo que Berta, entonces, tenía como dieciocho años (había nacido el 14 de junio de 1865, en Toulouse) –y tendría ya pasado por Venezuela, con la madre, antes de llegar solita a Montevideo diciéndose planchadora de ropa.
Un hombre que tuvo la ventura de conocerla en San Fructuoso garantiría, mucho más tarde, que ella andaba detrás de los franceses de la mina de oro, en busca de oportunidades; y aún se recordaría de ella como bastante agraciada. Habría de decir y escribir apenas que ella era muy agraciada; tal vez porque, de público y ante su prometedora sonrisa, su sorprendente aspecto, su inesperado modo de moverse y de hablar, no tuviera él coraje suficiente para considerarla muy bonita, bastante bonita, limitándose así a juzgarla apenas favorecida por una gracia juvenil, por una simpatía poco común; eso, tal vez y también, porque a las mujeres de San Fructuoso Berta pareciera llena de atrevimiento y descaramiento, no le reconociendo ellas ni simpatía ni gracia. Pero, si sólo eso no alcanza ahora lo suficiente para que podamos  imaginarla bonita, muy bonita, bastante bonita, dígase que era un tipo mignon, de sonrisa entera, labios delgados, ojos oblicuos –el pelo negro suelto sobre los hombros, a encubrirle mitad de la haz (tenía el rostro harmoniosamente rosado, los dientes extraordinariamente blancos y parejos, la pupila de la iris demarcada por un raro y inquietante azul violáceo). Dígase más: era ágil, móvil, inquieta, pareciendo descarada y indecente sin que se supiera o se pudiera explicar por qué. 
Berta, como planchadora, era competente y incansable; como sirvienta, pulida y cortés, incapaz de una mínima grosería o incivilidad. Sin embargo, no llevaba aire ni modales de una planchadora o de una sirvienta cualquiera: tenía un desasosiego, una inquietación como si estuviera siempre alborotada.
Es verdad que Berta no podría ser acusada o censurada por comportamiento impertinente o inoportuno; pero revelaba ella una altivez, una cierta arrogancia, que hacían de sus acciones algo medio despropositado, medio disparatado –algo incómodo, algo molesto, que casi siempre llegaba a ser entendido como inconveniente y inadecuado. Sus movimientos eran inusitados y novedosos; sus gestos eran excitantes y perturbadores; su voz era misteriosa y enigmática; su mirada, coruscante y incendiosa.
Berta no bajaba las vistas, no escondía los dientes, no se paraba quieta; y... seguido... ¡cantarolaba! – cantarolaba en francés ¡a susurros! Aquello no podían aceptar las pocas señoras que la conocieron y, a contra-gusto, trataron con ella en San Fructuoso. Podía agradar a los hombres, como a ellos les agradaban todos sus movimientos, todos sus gestos, y su voz y su mirada; pero, a las amas de casa, a las madres de familia de la villa, aquello repugnaba, fuera por el abuso y el exceso, fuera por el inmoderado y el incontinente, o por la intemperancia y el descomedimiento. Cosas de francesa, decían.

De esta manera, mal había llegado a la villa, al comienzo del año, ella acabó echada a la calle sin motivo aparente. Monsieur Paul Gaye, que también era francés y le había garantido –va a saberse cómo– empleo y cama en la fonda de su propiedad, la llamó un día, le pagó los lavados, los planchados, los almidonados; y la mandó marcharse por nada, bajo la atenta mirada de la esposa, madame María. Eran semanas de un febrero muy ardiente, de muchísimo calor: alguien había espiado Berta mientras dormía en un rincón de la despensa; y habrá llegado a verla durmiendo desnuda, durmiendo desnuda y rebrillando de sudor, a la luz de una lamparilla, debajo de la mosquitera de su catre.

Ella no era sólo indecorosa y indecente, sino obscena y inmoral. ¿Qué habrían de decir los hospedes, si supieran de todo aquello? – preguntaba madame María, que se encargaba de hacer las camas y de preparar la comida de los huéspedes con la ayuda de la hija, mademoiselle Marie Louise ¿Y qué diría el novio de Marie Louise, que era un francés fino y distinguido, si supiera que su compatriota dormía metida allá en la despensa, enteramente desnuda, cubierta apenas de poca vergüenza, como una libertina cualquiera? – él, que era un hombre de trato, de respeto y de exigencias superiores, que cumplía atenderse con mucho cuidado y consideraciones especiales; un hombre de pretender siempre la ropa lavada y engomada como si fuera nueva; un hombre de comer cada comida por vez, de la entrada al plato de resistencia, sin misturar nada, con los cubiertos propios, que sabia emplear en conformidad, hasta darse por satisfecho y pedir, por fin, un petit dessert.
Justo este hombre, este francés llamado Victor d’Olivier – que unos años antes había estado aquí y había encontrado Marie Louise y las minas de Corrales y Cuñapirú– habrá sido el protector de la pequeña y desempleada Berta en San Fructuoso. No hay registro de que hubiera tratado directamente con ella en el comedor o en el cuarto que habitaba o en la pieza de lavado y planchado de la pensión Gaye. Tal vez la haya visto, furtivamente, durmiendo desnuda en la despensa, como nosotros la veíamos ahora mismo, líneas arriba. Y eso explicaría lo restante.

Victor d’Olivier tenía sólo 33 años de edad, era ingeniero formado por la Politécnica de Paris, y desde 1879 comandaba la poderosa Compagnie Française d’Or de l’Uruguay, que a menos de una legua de Cuñapirú estaba instalada con la Mina Santa Ernestina – antes llamada San Pablo, adquirida al gobierno uruguayo por diez millones de francos. Desde cuando había estado por aquí la primera vez, en busca de oro, ya vivía él en las minas de Corrales y venía semanalmente a la villa, alojándose en la Pensión Gaye, donde se cayó de amores por Marie Louise; así mismo, seguido iba a almorzar o cenar en la casa del jefe político y comisario de policía local, de quien se hiciera amigo y protegido, a punto de darse el lujo de llamarlo le charmant Charles y de aprovecharse de la fama, del poder y de la fuerza política del hombre para garantirse el desplante de mandar y desmandar en las minas, en los mineros, en las familias de los mineros y donde pudiese encontrar alguien involucrado con la cata al oro o con algo que le atingiera el bolsillo o le perjudicara el humor.

Victor habría llevado Berta para la zona de minería, quizás para Cuñapirú, quizás para Corrales – donde vivían y habían construido confortables viviendas los más altos funcionarios de la Compagnie Française d’Or de l’Uruguay. Si ella pasó a ser empleada de la compañía, no hay prueba; si pasó a vivir con el ingeniero, que mandaba allí “más despóticamente que el Rey de Túnez”, también no hay prueba; pero es muy probable que haya llegado y quedado como sirvienta en la pequeña pero bonita casa de Victor, en Corrales – libre para dormir desnuda donde quisiera; libre para cantarolar en francés, a susurros; libre para mostrarse permanentemente alborotada, en un desasosiego y en una inquietación de inusitados y novedosos movimientos, de excitantes y perturbadores gestos, asociados aún a aquella su misteriosa y enigmática voz, a aquella su coruscante e incendiosa mirada de tintes violeta.
En toda nuestra comarca, entonces, se vivía la llamada fiebre del oro, jactándose los parroquianos de que estuviéramos aquí en una especie de California sudamericana. Llegaban y transitaban por aquí legiones de hombres solos: eran aventureros o mineros contratados u operarios en busca de trabajo; eran comerciantes o changueros – o carreteros que transportaban toneladas de materiales para la usina de mineraje, desde Durazno a Cuñapirú.
Nuestra villa de San Fructuoso se convertía finalmente en el centro de todo el movimiento deflagrado por la minería. Por aquí pasaban cantidades incontables de géneros variados y de maquinarias indescriptibles; pasaban centenares de inmigrantes europeos, de gentes de Río Grande, de Corrientes, de Santa Fe, de Entre Ríos, y porteños, tocados todos rumbo al oro; además de todas las mujeres que venían a buscar hombre - tanto en los alrededores de la villa como en los campamentos de las bocas de las minas.
Victor d’Olivier había dado a su charmant ami la idea de que a toda esa gente se hacía necesario responder con el ofrecimiento de un lugar apropiado para el divertimiento y la distracción (eso, cuando recién conociera Charles y recién identificara nuestras más ricas venas de minería). Después de regresar a Europa y volver dos años más tarde –ya como administrador de la Compañía Francesa– tuviera la alegría de comparecer, el día 14 de julio de 1879, a la inauguración del cabaré “La Rosada” que el comisario construyera y costeara con lujo y requinte, a pouco más de tres cuadras de su propia casa, en la esquina de las calles que se llamarían un día calle General Rivera y calle General Lavajella. Los hombres eran los más importantes y representativos de la política y de la economía de la frontera, vistiendo casaca y portando sombrero de copa; las mujeres eran las que fuera posible seleccionar e importar entre las más bonitas y respetuosas, cubriéndose de colores y de fulgores. La fiesta comenzó a las 23 horas con la ejecución de la Marseillese pela orquestra misma del cabaré. Y nada más se hace necesario decir.

Berta habría estado de sirvienta en la casa de Victor, en Corrales, hasta que él entendiera oportuno y hiciera cuestión de presentarla a su charmant ami Charles. Sería un día en que ella estuviera excesivamente inquieta, trotando de un sitio a otro como una petiza en celo; sería un día en que él ya no aguantase, ya no pudiese más, ya no consiguiese más cubrirla, ya no consiguiese más satisfacerla, fuera apoyándola sobre un escalón, fuera cayéndose con ella contra una ventana, así como atravesado en una silla o metido en la cama entre las sábanas o en el diván sin nada o en la alfombra suave o en el piso duro del cuartito de lavado y planchado (como en la Pensión Gaye).

Carlos habrá tenido sí su charme, como pregonaba Victor y atestaría Berta si le preguntasen: tenía los bigotes levemente encanecidos y cuidadosamente retorcidos en las puntas, el inseparable bombín llevado bajo el brazo que manejaba el bastón de ébano engastado de oro. Hablaba con tranquilidad, mirando la gente en los ojos, a revolver vagarosa y permanentemente las manos –una apretándose por encima y luego por dentro de la otra– en un ademán enigmático de múltiplas sugestiones e interpretaciones. Tenía buen talle, se vestía con apuro, se cubría de perfume, se afeitaba con esmero. Miraba las personas desde arriba, desde el alto de su indesmentida autoridad de mandamás de toda región, pareciendo que a cada uno le observaba cismando, como si quisiera medirlo o avaluarlo; pero era de entenderse también que tal vez sólo por afectación apretase en tales ocasiones el ojo izquierdo – o por no tenerlo bien centrado o porque así, estaría cavilosamente a sugerir y a proponer toda la zafaduría de que era capaz (como ocurría con Berta Gardès).


Victor d’Olivier había invitado Carlos a visitarlo en Corrales; había dicho que tenía algo a le regalar. Carlos había aceptado el convite y había ido a la casa de Victor en Corrales – donde había encontrado Berta sentada desnuda en la saleta de visitas.
Carlos había intentado esconder el espanto de aquél momento asombroso como si no hubiera ni sintiera cualquier sobresalto; como si los modos y luego el habla de Berta fueran exactamente los esperados; como si el proceder de aquella mujer desnuda no le perturbara; como si aquella hasta entonces desconocida sonrisa ya no fuera sólo de promesa sino de pura aceptación.
El comisario Carlos, el charmant Charles, integrante de la Junta Departamental, Jefe Político y de Policía del Departamento de Tacuarembó, no llegó a decir más que tres palabras en francés para Berta. Mandó que se vistiera y la llevó en la misma calesa en que llegara, casi sin agradecer al amigo por el regalo y sin tiempo para preguntarle sobre la causa del surmenage en que lo encontrara.
Berta fue llevada con su maleta y sus modales para dentro de la propia casa de Carlos, como lavandera, planchadora y almidonera. Lavó, planchó, almidonó durante algunos días con una calidad y una precisión de poner envidia en la mujer de Carlos, que cuidaba tristemente de ocho criaturas, de dos a doce años de edad (las tres mayores no eran sus hijas: una era su hermana menor; las otras dos, hijas del primer matrimonio de su marido).
Hubo días de hacer esto, de hacer aquello... Días de aguantar la gruñonería de la doña de la casa, la gritería de los niños – y incluso la locura de una vieja que deambulaba descabellada por la casa, a decir obscenidades.
– No he venido acá para ser planchadora – habría de decir Berta para Carlos.

Berta fue llevada para el cabaré “La Rosada”, donde en dos semanas era la atracción mayor de la casa, mismo que apenas cantarolando a murmurios algunas intraducibles canciones en francés y aunque se hinchiera de ropas, de capas y de echarpes de plumas.

Hubo días de noches interminables y de sueños pasajeros; noches de suportar la grosería de los mineros mal-educados, la bazofia de los metidos a importantes y la impotencia de los viejos precisados.
– Voy a sacarte de esa vida y montar una casa sólo para ti – determinó Carlos cuando comenzó el cabaré a tener demasiados frecuentadores solamente interesados en Berta.

Berta fue instalada en una casa sobre la esquina de las actuales calles Treinta y Tres y 25 de Agosto, a media docena de manzanas de la casona donde vivía Carlos y muy cerca de la laguna aterrada que hoy es la Plaza Colón, en la dirección del arroyo Tacuarembó Chico. Allí estuvo reclusa mucho tiempo, impedida de salir a la calle, de quedarse a la puerta, de hacer ventana. Ni al menos podía ir al almacén Rocca y Roura, autorizado a proveerle las necesidades de alimentación, limpieza y menudencias, cuyos gastos mensuales Carlos cubría secretamente. Ella estaba prohibida de asomarse desnuda a las aberturas y de así atender a la puerta o de así salir al patio; estaba obligada a usar discretos vestidos negros, cuando mucho estampados de petit pois - que fueron encomendados desde Montevideo y que podrían ser novedades recién llegadas de Paris, pero parecían lejos de corresponder a su gusto y a su manera de ser.

Hubo días, semanas, meses, casi un año de aislamiento y de soledad. Primero, el tedio y el enfado de no tener qué hacer, al tiempo en que sólo esperaba Carlos; luego, el aburrimiento y la tristeza de inventar qué hacer en la esperanza de que él no viese; después, la melancolía y la desilusión de saber que -por la mañana o de tarde o a la noche- ya no vendría él; por fin, el embarazo y la humillación de espiar ansiosa por una hendidura de la puerta delantera y poner para dentro el primero gurí sucio y descalzo que apareciera...

Fueron tiempos de disgusto y de arrepentimiento, gastados entre el deseo de fuga, el miedo de ser descubierta y aquellas desesperadas tentativas de tener alguna alegría, alguna satisfacción con aquellos infelices asustados que traía hacia el cuarto con asco y que acariciaba y palpaba hasta que pudiera encostarse, rozarse en ellos a ver se le daban algún agrado o un mínimo placer.
Un yerno de Carlos era quien pagaba el almacén Rocca y Roura; era la única persona que estaba autorizada a llamar a la puerta de Berta -pampám! pam! pam! pampám!- de forma a ser identificada y recibida por ella.

– ¡Ola!
– Ola. ¿Me permite entrar, hoy?
– Como no.
– ¿Cómo pasa?
– Bien...
 – Pero ¡qué calor! ¡Me derrito de calor! ¿No está usted con calor, así vestida?
– Sí.
– Esté a gusto, como quiera y le convenga...

– ¡Ave María Purísima!
– Sin pecado concebida.
– Usted... usted... ¡usted!
– ¿Está sorprendido?... ¿Qué desea?
–¿Qué quiere que desee yo ahora?

El yerno de Carlos era discreto y eficiente: encontró una manera de alejar de la esquina los gurices que vagueaban por allí, mandó un guarda cuidar para que nadie se llegase, y pasó a aparecer seguido, cuando más era esperado y cuando menos se podría esperar que apareciera.

Un día, fue Carlos el que apareció: serio, fregando una mano en la otra, apretando el ojo izquierdo, y sin tiempo para al menos encostar en una silla el bastón o dejar sobre la mesa de la sala el sombrero de bombín. Apareció como el patron que hubiese dormido con Berta de víspera y llegase familiarmente para el almuerzo.
– Mira: quiero que mañana vuelvas al cabaré.
– ¡Ah! ¡Qué noticia!
– ¡Vea que no estoy de broma!
– ¿Y yo? ¿Estoy libre de la prisión o de nuevo condenada?
– ¡Cuidado, que no estoy bromeando!
– Est-ce que la cage à l’oiseaux...
– ¡Calláte la boca!
– ... c’est ouverte?...
– ¡Ya te he dicho! ¡Calláte esa boca ahora mismo!
– ¿Quiere decir usted que voy dejar de ser una puta presa para ser una puta suelta? ¿Verdad?

Berta fue encaminada de regreso al cabaré, donde supo, primero – que allí el movimiento ya no era lo mismo, que las pérdidas de la Compañía Francesa iban bien más que las ganancias, y que Victor d’Olivier ya había quedado afuera, dejando con otros el comando de la bancarrota; segundo – que la mujer de Carlos había parido un sexto hijo y que la hermanita menor de ella apareciera preñada y que el causador de la preñez pudiera ser el mismo Carlos; tercero – que el General Máximo Santos, Presidente de la República, venía a San Fructuoso especialmente para visitar Carlos y bautizarle el hijo recién-nacido, que el general prometía brevemente otorgar a Carlos el puesto de Coronel del Ejército Nacional y que a la noche siguiente participaría de una imponente fiesta a puertas cerradas, en “La Rosada”.

Berta tuvo tiempo de revisar los baúles y buscar y escoger y probar y arreglar y planchar sus más atrevidos vestidos guardados en el cabaré. Y aún ganó uno, a propósito –todo rojo–guarnecido con finos encajes negros y que, dispuesto sobre susurrantes enaguas de volantes, dejaba verlas muy blancas y rizadas, bajo una nesga lateral que se abría en abanico del muslo al tobillo. Berta había terminado de experimentar el vestido rojo cuando fue advertida que en el otro día era para tener modos y portarse bien, porque fuera escogida para tomar cuenta del General Santos, que –habían dicho– solía ser hombre baldoso y exigente, capaz de solicitudes y rechazos de no creerse ni esperarse.

Era preciso atender al General.

El General figuraba un extraño hombre –todavía muy joven– con una larga barba negra que le caía sobre el pecho desde el mentón como una estrecha tira, ocultándole con el bigote la boca. Tenía las patillas aparadas, la testa alta, el ceño cerrado, lisa y blanca la piel; ostentaba un aire muy serio y alardeaba la postura de quien todo podía e no pedía nada.

Cuando la orquestra comenzó a tocar, se alborotaron los presentes en el salón iluminado. Se levantaron todos y vieron la comitiva presidencial llegando, en compañía del dueño del cabaré además de otras figuras gradas del Departamento y del partido gubernamental. Hubo aplausos, vivas, y un brindis bien humorado, dispensando discursos y convocando todos a la libación y al disfrute de una larga noche de mucha alegría y gozo –como mejor manera de recibir al Presidente y de conmemorar la honrosa estada del ilustre visitante en San Fructuoso.
Era preciso atender al General.
Berta, después de mucho champagne, mucha gritería y mucha cantoría, lo llevó para un cuarto especialmente preparado y perfumado –intentó quitarle la farda militar de gala, con alamares y condecoraciones; pero él no quiso: se quedó sentado en la borda de la cama, con la faja presidencial caída a sus pies. Berta tomó la iniciativa de desnudarse –ya había largado en el suelo el vestido rojo; pero él la hizo parar: resolvió espiarla por debajo de las enaguas blancas de volantes, con aire muy serio y sorprendentemente curioso. Berta no tuvo dificultad en levantar entonces las enaguas rizadas –mientras exhibía y meneaba sonriendo el cuerpo, hasta la cintura; pero él no se mostró interesado en ella ni en sus movimientos: eructó una, dos veces; y pedorreó estruendosamente antes de caer de bruces y vomitar en la alfombra colocada a gran prisa para engalanar el piso.
Berta no sabía ni jamás supo quien era mismo y que hiciera o dejara de hacer aquel General que llevaba una vida faustosa, que tenía juntado una fortuna de casi un millón de pesos de origen obscuro y que, Presidente de la República, no consiguiera, al menos, acostarse con ella. Berta se alivió de las enaguas susurrantes, del apretado corsé, de los calcetines de fiesta, de los zapatos de cetim, de los adornos del cabello –y se sintió pela primera vez desnuda como nunca: triste, abandonada, solita en la cama con aquel hombre tan poderoso y importante, incapaz de admirarla y de aceitarla; tuvo ganas de abrir la puerta y mandar entrar los gurices de la esquina de su casa, de ofrecerse a la tentación del yerno de Carlos, de someterse a los caprichos secretos de monsieur Gaye, de entregarse de nuevo a la falta de ardor de Victor d’Olivier; y de cederse de vez a cada uno de los mineros estúpidos, de los tipos fanfarrones, de los viejos impotentes que encontrara en “La Rosada”, mandando à la merde cada uno de ellos y todos ellos, muy particularmente le charmant Charles, para que se fuera él con su bastón y su sombrero de bombín y su ojo torcido y su fama de mujeriego ¡a la gran puta que lo pario!
Berta habría de recibir un sobre con cien pesos –que le gustaría echar en la cara del General o del Comisario o de quien le hubiera mandado el dinero; pero luego habría de entender que así estaba más que bien pagada por no haber hecho nada: y recogería su vestido rojo y aceptaría mandarse mudar para una propiedad de veraneo del patron, lejos de la villa, allá sobre el arroyo Polanco; adonde quedaría no se sabe cómo, sin saber de nada y sin que se pudiera saber qué le pasaba.

Así, la francesita que, llamándose Marie Berthe Gardès, habría llegado un día a San Fructuoso –cuando recién se instalaba cerca de aquí la Compagnie Française d’Or de l’Uruguay– y cuya trayectoria el lector, por querer, llegó a acompañar hasta este momento, de repente y misteriosamente ya no estaría a nuestro alcance; y desaparecería: primero, abandonada allá mismo en la casa de veraneo del patron; después, mandada marcharse para nunca más, para adonde no fuera al menos un recuerdo y donde pudiera ser apenas un olvido, con plata suficiente para envejecer con afectada dignidad, engordar con aparente resignación y vestirse incluso con discretos vestidos negros, quizás apuntillados de petit-pois.
Es bien verdad que en San Fructuoso –sin que se supiera por qué– Berta ya no podría permanecer: no sería acepta adonde fuera, condenada que estaba a no ser tolerada en las calles y a no ser admitida donde pretendiera entrar. Habrían de seguirla, de perseguirla, de insultarla y, quien sabe, de apedrearla como la última de las perdidas, la última y única mujer pecadora –que allí siempre había sido no apenas indecorosa e indecente, sino obscena y inmoral.

Es importante recordar, para no olvidar, que ella todavía estaba con poco más de veinte años y que aún revelaría aquella misma altivez y alguna arrogancia con que imaginamos conocerla y que hacían de sus acciones algo casi despropositado, casi disparatado, que incomodaba, que molestaba, que incluso llegaba a ser entendido como inconveniente y inadecuado –principalmente por las mujeres– porque sus movimientos eran inusitados y novedosos; sus gestos, excitantes y perturbadores; su voz, misteriosa y enigmática; y su mirada azul violáceo se hacía coruscante e incendiosa.

Sola en el mundo en San Gregorio, distante, aislada y olvidada a orillas del arroyo Polanco, Berta estuvo apartada de todo que se pasaba en esta historia y de todo que ocurría por aquí. Apenas cuando la necesitaron pudo saber de la quiebra definitiva de la Compañía Francesa, del matrimonio de Victor d’Olivier con Marie Louise Gaye, y que la hermanita menor de la mujer de Carlos –preñada por el mismo Carlos– había sido llevada para la estancia del patron y allí, en cachette, habría parido un hijo varón.

Fueron dos, tres años de una continuada ausencia de Berta, capaz de dejarnos sin asunto y de casi comprometer el andamiento de este cuento, por falta de su presencia insinuante, de su intemperancia y de su descomedimiento.

En fin, aquí estamos tratando de Berta. Y poco nos adelantaría saber lo que no sabemos si ella llegó a saber: que en aquel tiempo Carlos finalmente sería ungido con el grado de Coronel del Ejército por el General Máximo Santos; que toda la villa de San Fructuoso continuaría llevando su vida y la de su gente bajo ordenes del Coronel; que el Coronel ganaría primero fama y después censura por hostilizar, acosar, prender y, si preciso, matar cuanto enemigo político se le llegase a desafiar el mando. También no sabemos si Berta llegó a saber, como se supo, que en casa ya no adelantaría a Carlos ser Coronel del Ejército Nacional: su suegra enloquecida lo acusaría día y noche de haber hecho en ella misma la hija en quien recién hiciera él un hijo; su desgraciado suegro moriría de vergüenza y de disgusto; y su religiosa mujer se mataría por no tener más en quien confiar.
Tal vez no se precisase contar eso porque, en la ausencia de Berta nos perdemos de Berta; y, si nos encontramos con ella en la villa en que la descubrimos y en las personas con quien ella habrá convivido, aún así, sin saber si ella supo de todo eso, tenemos antes que reencontrarla y redescubrirla, para retornar y llegar con ella a los límites del posible que sólo aquí alcanzamos.
No sé si habrá sido fácil para el lector acompañar Berta en este cuento, viéndola descubrirse y pretendiendo no perderla de vista para divisarla mejor, observarla, escucharla y entenderla sin enredarse en la lectura del texto y en el misterio de su fascinación. Más difícil será ahora, llegar casi al final del cuento –que no es el final de su historia– y saber que Berta habría recibido tres mil pesos y garantía de ayuda permanente para desaparecer de vez, para sumirse de acá y llevar con ella el hijo que Carlos había hecho en la cuñada de trece años –la que era también su hija, hija de él y de la belle-mère, la loca que andaba por la casona diciendo barbaridades.
El hijo prohibido de Carlos tendría como dos para tres años –nacido tal vez en diciembre de 1884– y estaría llorando abrazado en la pierna de la mujer que se encargara de criarlo, en la estancia donde había nacido. Al costado de la mujer había una maleta con las ropas de la criatura, que tenía el rostro redondo y que debería llamarse Jorge.

Berta ya no era más Berta cuando mandó poner la maleta en el phaéton que la había traído hacia la estancia; era otra Berta cuando tomó con fuerza el niño en los brazos; y no habrá sido la nuestra Berta cuando se marchó de carro con él, sin despedirse y sin volverse hacia atrás. Era una otra mujer, la misma mujer que dio al gurí el nombre de Carlos; y que siempre y siempre se pasó por su verdadera madre.






El hombre que sabía javanés
Alfonso Henriques de Lima Barreto (Brasil - Río de Janeiro, 1881-1922)
          En una confitería contaba yo cierta vez a mi amigo Castro las alternativas de mi vida aventurera, las convicciones de que claudiqué y las responsabilidades a las que no guardé la debida consideración, para poder vivir. Incluso aquella ocasión en que residiendo en Manaos, en la cual me vi obligado a ocultar mi calidad de bachiller, para obtener más confianza de los clientes, que afluían a mi escritorio de "hechicero" y de adivino. Eso era lo que yo le contaba.
          Mi amigo me escuchaba callado, pendiente de mis palabras, gustando de aquel mi Gil Blas vivido, hasta que en una pausa de nuestra conversación, ya agotados los vasos de cerveza, me observó interesado:
          - ¡Tu vida ha sido una cosa bien divertida, Castelo!
          - Solamente así se puede vivir... Esto de tener una ocupación única: salir de casa a ciertas horas, volver a otras, cansa finalmente, ¿no te parece? ¡Yo no sé cómo he podido aguantar allá, en el consulado!
          - Eso cansa, sí, es cierto; pero no es eso lo que me admira. Lo que me llama la atención es que hayas corrido tantas aventuras aquí, en este Brasil pacato y burocrático.
          - ¿Y por qué no? Aquí mismo, caro amigo Castro, se pueden encontrar y vivir bellas páginas de la vida. ¡Imagínate tú que yo he sido hasta profesor de javanés!
          - ¿Cuándo? ¿Acaso a tu regreso del consulado?
          - No; antes. Y precisamente fui nombrado cónsul por eso.
          - Cuenta, entonces, cómo fue la cosa. ¿Aceptas otro vaso de cerveza?
          - Acepto.
          Mandamos traer otra botella, llenamos los vasos nuevamente y continué mi historia:
          - Yo había llegado hacía muy poco tiempo a Río de Janeiro y me encontraba literalmente en la miseria. Vivía huído de la casa de pensión, sin saber en donde ganar el dinero, cuando leí en el "Journal do Comercio" el anuncio siguiente: "Se precisa un profesor de lengua javanesa. Contestar por escrito etc. etc." Me dije entonces que el asunto me convenía; además esta era una colocación que no tendría muchos concurrentes; y si lograse dominar por lo menos cuatro palabras, era cosa hecha. Salí del café en donde me encontraba, anduve por las calles, imaginándome que yo era un profesor de javanés, ganando dinero, viajando en tranvía y sin encontrar personas desagradables, víctimas, particularmente. Sin darme cuenta me encaminé a la Biblioteca Nacional. No sabía bien qué clase de libro tendría que pedir; mas entré, entregué el sombrero en la portería, recibí la tarjeta y subí escaleras arriba. Ya en la ventanilla de pedidos, solicité la "Gran Enciclopedia", en la letra "J", seguro que en el artículo correspondiente a Java encontraría elementos de la lengua javanesa. Dicho y hecho. Me enteré de que Java era una gran isla del archipiélago de Sonda, colonia holandesa, y el javanés, lengua aglutinante del grupo malayo-polinésico, poseía una literatura digna de nota, escrita en caracteres derivados del antiguo alfabeto hindú. La "Enciclopedia" me indicaba algunos trabajos sobre la lengua malaya, y sin titubear consulté uno de ellos, allí citados. Copié el alfabeto, como también su pronunciación figurada, y salí. Anduve por las calles, de aquí para allá, rumiando letras y más letras. En mi cabeza danzaban jeroglíficos; de vez en cuando consultaba mis notas; entraba en los jardines y escribía con un palo en la arena de los paseos columnas de signos, para fijarlos bien en mi mente y habituarme en ese ejercicio de la escritura.
          "Ya de noche, cuando pude entrar en la pensión, sin que me notaran, como para evitar preguntas indiscretas del casero, continué aún en mi cuarto deletreando el alfabeto malayo, y lo hice con tanto ahinco, con tal firmeza, que a la mañana siguiente lo sabía perfectamente de memoria.
          "Me convencí de que aquella lengua era la más fácil del mundo y salí; mas no tan temprano, que evitase el encuentro del encargado de las habitaciones. Verme y encararse conmigo fue la misma cosa: "Señor Castelo: ¿cuándo saldamos su cuenta?" Respondile entonces, con la más encantadora esperanza: "En fecha muy breve... Espere un poco... Tenga paciencia... Seré nombrado profesor de javanés, y ..." Me interrumpió de improviso: "¿Qué diablo es eso de profesor de javanés, señor Castelo?" Me agradó el interés, por cierto bastante divertido del hombre y, aprovechando la oportunidad, quise herirlo en su patriotismo de buen portugués: "Javanés es una lengua que se habla cerca de Timor. ¿Sabe en dónde está eso?".
          "Oh!, alma ingenua... Aquel hombre se olvidó de mi deuda y me dijo con su hablar fuerte de los portugueses: "Francamente, yo muy bien no sé dónde está eso ni lo que es, pero tengo entendido que son unas tierras que tenemos por el lado de Macao. ¿Sabe algo de eso, señor Castelo?".
          "Animado por esta escapatoria afortunada que me proporcionó el asunto javanés, volví nuevamente a buscar el anuncio. En efecto, allí estaba. Decidí animosamente proponerme como profesor de idioma oceánico. Redacté la respuesta. Pasé por el diario y dejé la carta. Volví nuevamente a la Biblioteca Nacional y continué con mis estudios de javanés. No realicé grandes progresos en ese día; ignoro si por entender que era suficiente con el conocimiento del alfabeto o por haberme agradado más los datos sobre literatura y bibliografía que el estudio del idioma, que era precisamente lo que tendría que enseñar...
          "Al cabo de dos días, me llegó una carta para presentarme en la casa del doctor Manuel Feliciano Soares Albernaz, barón de Jacuecanga, en la calle conde de Bonfim, no recuerdo bien el número. Es preciso que no olvides que entretanto continué estudiando mi malayo, esto es, el tal javanés. Además del alfabeto, me informé del nombre de algunos autores, como de diversas frases, preguntas y respuestas, tal como: "Cómo está usted" y dos o tres reglas más de gramática, amén del alfabeto y unas veinte palabras más del léxico.
          "¡No te puedes dar una idea de las grandes dificultades que hallé para proporcionarme los cuatrocientos reis del viaje! Te aseguro que es mucho más fácil aprender javanés, puedes estar cierto, que encontrar unas míseras monedas. Finalmente, tuve que decidirme por ir a pie. Llegué sudado; y, con maternal cariño, las viejas plantas, que se perfilaban en la alameda, delante de la casa del aristócrata, me recibieron, me acogieron y me reconfortaron. En toda mi vida fue ese el momento en que sentí cierta simpatía por la naturaleza.
          "Era una casa enorme que parecía estar desierta, más no sé porqué me vino el pensamiento, ante esa contemplación, de que se notaba, más que pobreza, algo así como cansancio y dejadez. Debía estar despintada desde hacía muchos años; descascaradas las paredes, rotas las salientes del tejado, de esas tejas revestidas de otros tiempos, desguarnecidas aquí y allí, como bocas desdentadas o mal cuidadas.
          "Miré un poco el jardín y vi la pujanza vengativa de las plantas silvestres junto a las otras domésticas, a varias de las cuales habían expulsado completamente. Algunas, escondidas, casi ocultas, trataban apenas de vivir entre tanta asfixia. Llamé. Tardaron bastante en responder. Por fin, llegó un viejo negro africano, cuyas barbas de algodón rizado, lo mismo que su rala cabellera, daba a su fisonomía una aguda expresión de ancianidad, dulzura y sufrimiento.
          "En la sala había una galería de retratos: arrogantes señores de luenga barba se perfilaban encuadrados en inmensas molduras doradas, y dulces perfiles de señoras, con peinados imponentes, grandes abanicos, que parecían querer subir a los aires, enfundadas en los redondos y abultados vestidos, como globos; mas de todas aquellas cosas, a las cuales el polvo daba mucha más antigüedad y respeto, lo que más me agradó fue un bello jarrón de porcelana de China o de la India, o algo parecido... Aquella pureza de la alfarería, la fragilidad, la ingenuidad del dibujo, aquel brillo tenue de luna, me decían que aquel objeto había sido hecho por las manos de una criatura, de sueños, para encanto de los ojos ya viejos y cansados, desengañados del mundo...
          "Esperé un instante al dueño de la casa. Tardó un poco. Un tanto inseguro, con un gran pañuelo de hilo en las manos, tomando de vez en cuando el viejo rapé de antaño, me inspiró un sentimiento de respeto cuando lo vi llegar. Tuve deseos de marcharme. Aunque no fuera él el discípulo, era siempre un crimen engañar a ese anciano, cuya vejez traía asociada a mi mente algo de augusto, de sagrado. Dudé, pero me quedé. Adelantándome, dije: "Yo soy el profesor de javanés, que el señor ha pedido". "Tome asiento -me respondió el viejo-, ¿Es usted de Río de Janeiro?" "No señor -respondí-, soy de Canavieiras. "Cómo -volvió a preguntar el viejo-. Hable un poco más alto, soy un poco sordo". "Soy de Canavieiras, de Bahía" -insistí yo. "¿En dónde hizo sus estudios?" "En San Salvador". "¿Y en dónde aprendió javanés?" indagó él, con aquella su manera insistente tan peculiar de los viejos.
          "Yo no contaba con esa pregunta, mas inmediatamente inventé una mentira. Le conté que mi padre era javanés. Tripulante de un navío mercante, llegó a Bahía, y se estableció cerca de la localidad de Canavieiras como pescador, se casó luego y prosperó, y precisamente aprendí el javanés con mi padre".
          - ¿Y lo creyó? Pero ¿y la cara, el físico? -preguntó mi amigo, que hasta entonces permanecía en silencio.
          - No soy -repliqué- muy diferente de un javanés. Estos mis cabellos recios, duros y bastante gruesos, como mi piel de color mate, pueden darme muy bien un aspecto de mestizo malayo... Tú sabes bien que, entre nosotros, hay de todo: indios, malayos, tahitianos, malgaches, incluso hasta godos. Es una comparsa de razas y de tipos de lo más extraños, capaz de dar envidia al mundo entero.
          - Esta bien, amigo mío, puedes continuar.
          - El viejo me escuchaba atentamente, consideró mi físico, pareciéndome que me creía en efecto hijo de malayo, y me preguntó con dulzura: "¿Entonces está dispuesto a enseñarme javanés?" La respuesta saliome sin querer: "Esta bien". "Usted ha de quedar admirado -añadió el barón de Jacuecanga- que yo con esta edad desee aún saber algunas cosas más..."
          "- No tengo porqué admirarme. Muchos ejemplos se han visto en el mundo, por cierto muy aleccionadores".
          "- Lo que yo quiero, mi estimado joven..." "Castelo" -me adelanté yo-. Lo que yo quiero, mi estimado señor Castelo, es cumplir un juramento de familia. No sé si el señor sabe que yo soy nieto del consejero Albernaz, aquel que acompañó a don Pedro I, cuando abdicó. A su regreso de Londres trajo al Brasil un libro en una rara lengua, por el cual tenía máxima estimación. Un hindú o un siamés se lo dio en Londres, en prueba de agradecimiento por no sé cual servicio prestado por mi abuelo. Al morir mi antepasado, llamó a mi padre y le dijo: "Hijo, tengo este libro aqui, escrito en javanés. Quien me lo dio me aseguró que evita desgracias o trae felicidades para el que lo tiene. Yo no puedo saber si tal cosa es cierta o no lo es. En todo caso, guárdalo; mas si quieres que el hado que me dictó el sabio oriental se cumpla, procura que tu hijo lo entienda, para que siempre nuestra raza sea feliz". Mi padre -continuó el viejo barón- no tuvo mucha fe en esas historias; con todo, guardó el libro. A las puertas de la muerte, me lo dio y me dijo la misma sentencia, lo mismo que prometiera a su padre. Al comienzo, poco caso hice de esa historia del libro. Lo dejé en la biblioteca de la casa y me dediqué a mis actividades. Llegué incluso a olvidarme; mas de un tiempo a esta parte, he pasado por tantos disgustos, tantas desgracias acibararon mi vejez que me acordé de ese talismán de la familia. Tengo que leerlo y saber su contenido, comprenderlo, si no quiero que mis últimos días anuncien el desastre de mi posteridad; y para entenderlo, claro está que preciso saber el javanés. Esto es todo".
          "Callóse el viejo y noté que sus ojos se le habían puesto húmedos. Discretamente, los secó con el pañuelo y me preguntó si quería ver el libro. Le respondí que sí. Llamó al criado, le dio las instrucciones y me dijo que había perdido todos los hijos y sobrinos, quedándole solamente una hija casada, cuya prole, entretetanto, estaba reducida a un hijito, débil de cuerpo y de poca salud, delgado e impresionable. Llegó el libro, era un viejo infolio, antiguo, encuadernado en cuero, impreso en grandes letras en un papel amarillo y grueso. Le faltaba la portada y por tal razón no se podía saber la época de su impresión. Conservaba aún unas páginas de prefacio, escritas en inglés, en donde leí que se trataba de ciertas historias del príncipe Fulanga, escritor javanés de mucho mérito.
          "Luego informé de eso al viejo barón que no se percató que yo había llegado allí por el conocimiento del idioma inglés. Y quedó encantado al saber la profundidad de mis conocimientos malayos. Estuve largo rato examinando las páginas de tal cartapacio, haciendo como que leía o deletreaba magistralmente aquella curiosidad, hasta que por fin contratamos las condiciones de los honorarios y las horas, comprometiéndome a que, antes de un año, el viejo pudiese leer ese mamotreto de una manera cabal.
          "Poco tiempo después daba mi primera lección, mas el viejo no fue tan diligente como yo. No conseguía aprender a distinguir ni a escribir siquiera cuatro letras. En fin, con la mitad del alfabeto llevamos más de un mes y el señor barón de Jacuecanga no llegó a dominar la materia: aprendía y desaprendía fácilmente.
          "La hija y el yerno (me imagino que hasta ese momento nada sabían de la historia de tal libro) llegaron a tener noticias de los estudios del viejo; pero no se molestaron por eso. Hallaron graciosa tal preocupación y se imaginaron que eran cosas para distraerse o manías de carcamal.
          "Aunque te extrañe, caro amigo Castro, el yerno quedóse profundamente admirado al ver la capacidad del profesor de javanés. ¡Qué cosa singular! El no se cansaba de repetir: "¡Es algo asombroso! ¡Tan joven y ya con semejantes conocimientos! ¡Si yo supiese eso dónde estaría!"
          "El marido de doña María de la Gloria (así se llamaba la hija del barón) era juez, hombre relacionado e influyente; mas no ocultaba ante todos su admiración por mi javanés. Por otra parte, el barón estaba contentísimo. Al cabo de dos meses desistió de semejante aprendizaje y me pidió que le tradujese, tres días por semana, fragmentos del libro encantado. Le bastaba con entenderlo; nada se oponía a que otra persona tradujese el libro y él lo escuchase. Así se evitaba la fatiga del estudio y cumplía el encargo.
          "Debo decirte que hasta hoy nada sé de javanés, mas urdí una historia bien tonta, dándole las características de un viejo cronicón, como muchos que conocía. ¡Cómo escuchaba él aquellas tonterías! ... Quedaba extático, como si estuviese oyendo palabras de un ángel. ¡Y más méritos se acrecentaban ante sus ojos! ...
          "Me dio alojamiento en su casa, me colamaba de regalos, y bien pronto me aumentó el sueldo. Pasaba, en fin, una vida regalada.
          "Contribuyó mucho a eso la circunstancia de haber recibido una herencia de un pariente olvidado que residía en Portugal. El buen viejo atribuía la causa a mi javanés; y yo mismo casi llegué a creer también tal cosa.
          "Fui perdiendo mi remordimiento, aunque siempre tuve miedo de que el día menos pensado apareciese alguien versado en javanés, y se evidenciara mi desconocimiento de tal idioma malayo. Ese era mi temor, que llegó a acentuarse cuando el viejo barón me mandó con una carta al vizconde de Carurú, para que me hiciese entrar en la carrera diplomática. Aduje con calor mi falta de elegancia, mi fealdad, mi aspecto tagalo. "¡Qué importa! -me replicaba- . Vaya, muchacho; usted sabe javanés, y eso basta!" Fui. El vizconde me mandó a la Secretaría de Asuntos Extranjeros con diversas recomendaciones. ¡Fue un éxito rotundo!
          "El director llamó al jefe de la sección, diciéndole: "¡Vea, amigo, un hombre que sabe javanés!; qué portento!"
          "Los jefes de las diversas secciones me llevaron a los oficiales y éstos a los amanuenses y uno de éstos me miró con odio, no sé si de envidia o de admiración... Y todos me decían: "¿Con que sabe javanés? ¡Qué idioma difícil! ¡No hay nadie, salvo usted en esta casa, que sepa javanés!"
          "El amanuense de marras que me miró con odio, acudió entonces: "Ciertamente, usted sabe javanés, mas yo se canaque; ¿conoce usted esa lengua?" Le dije que no y pasé a ver al ministro.
          "El alto funcionario levantóse, puso sus manos en las caderas, luego arregló los lentes sobre la nariz y preguntó: "¿Así que sabe javanés?" Le respondí que sí; y a sus preguntas de dónde y en qué lugar, le conté la vieja historia de mi padre javanés... "Bien -dijome el ministro-, usted no puede entrar en la diplomacia: su físico no lo favorece... Lo mejor sería un buen consulado en Asia o tal vez en Oceanía. Por el momento no tenemos vacante, pero como pienso hacer una reforma, usted entrará. De hoy en adelante, queda usted agregado al Ministerio en mi gabinete; además, en breve se realizará un congreso de linguística en el exterior y usted representará al Brasil. ¡Estudie, lea particularmente a Hovelacque, Max Muller y algunos otros!"
          "Imagínate tú que yo, sin saber nada de javanés, me encontraba empleado en virtud de esos conocimientos, como también nombrado para representar al Brasil en un congreso de sabios...
          "El viejo barón murió en ese interin, pasando el legado del libro al yerno con el deseo de que éste lo transmitiese a su vez al nieto, cuando tuviera la edad conveniente. Me dejó también en el testamento alguna cosa.
          "Me puse a estudiar con afán las lenguas malayo-polinésicas; pero todo era inútil. Bien nutrido, bien vestido, bien dormido, no tenía la energía necesaria para hacer entrar en mi cabeza aquellas cosas tan raras. Compré libros, me subscribí a revistas, tales como: "Revue Anthropologique et Linguistique", "Proceedings of the English", "Oceanic Association", "Archivio Glottologico Italiano", ¡y el diablo!... Y lo más curioso del caso es que mi fama crecía. En las calles, los informados de mis cualidades, me señalaban diciendo a los otros: "Allí va el sujeto que habla javanés". En las bibliotecas los gramáticos me consultaban sobre la colocación de los pronombres en tal o cual lugar de las islas de Sonda. Recibía cartas de los eruditos del interior, los diarios citaban mis conocimientos y me negué a aceptar varios alumnos deseosos de aprender el javanés. Por invitación de la dirección del "Journal do Comercio" escribí un artículo de cuatro columnas sobre la literatura javanesa antigua y moderna".
          - ¿Cómo es que tú sabías eso? -me interrumpió atento Castro.
          - Muy sencillo: primero describí la isla de Java, con el auxilio de diccionarios y obras geográficas, y luego comencé a citar nombres a más no poder.
          - ¿Y nunca dudaron? -me inquirió interesado mi amigo.
          - Nunca. Es decir, una vez casi quedé perdido. La policía prendió un sujeto, un marinero bronceado, que sólo hablaba una lengua extraña, misteriosa. Llamaron a diversos intérpretes, pero ninguno lo entendía. Fui también llamado, con todos los respetos que mi sabiduría merecía, naturalmente. Tardé en ir, pero me decidí finalmente. El marinero ya estaba en libertad, merced a las gestiones del cónsul holandés, con el cual se pudo entender por media docena de palabras holandesas. ¡El tal marinero era javanés!... ¡Aquello fue terrible!
          "Llegó entretanto la época del congreso, y como era natural, partí para Europa. ¡Qué delicia! Asistí a la inauguración y también a las sesiones preparatorias. Me inscribieron en la sección de tupi-guaraní, y marché luego para París. Antes, empero, hice publicar en el "Mensajero de Basilea" mi retrato, con una cantidad de notas biográficas y bibliográficas. Cuando regresé, el presidente me pidió disculpas por haberme colocado en aquella sección. No conocían mis trabajos y juzgaron que, por ser un americano-brasileño, me estaba naturalmente indicada la sección de tupi-guaraní. Acepté las explicaciones y hasta hoy no pude escribir mis obras sobre el javanés, para mandárselas, tal como se lo había prometido...
          "Concluído el congreso, mandé publicar extractos de artículos del "Mensajero de Basilea" en Berlín, en Turín y en París, donde los lectores de mis obras me rodearon y les ofrecí un banquete que me costó casi diez mil francos, lo que me restaba de la herencia del crédulo barón de Jacuecanga...
          "No perdí tiempo ni mi dinero. Llegué a ser una gloria nacional, y al saltar en el muelle a mi regreso, recibí una ovación de todas las clases sociales y del Presidente de la Republica, quien días después me invitaba a un almuerzo en su compañía. A los seis meses fui nombrado consul en La Habana, en donde estuve seis años y adonde regresaré muy en breve, para perfeccionarme en los estudios de las lenguas malayas, melanesias y de la Polinesia".
          - ¡Es fantástico! -observó Castro, tomando su vaso de cerveza.
          - Pues mira tú, si no fuera porque me encuentro contento con mi profesión, ¿sabes lo que sería?
          - ¿Qué?
          - ¡Bacteriólogo eminente! ¿Vamos?
          - Vamos...









Basura
Luis Fernando Veríssimo
Se encuentran en el área de servicio. Cada uno con su bolsa de basura. Es la primera vez que se hablan.
- Buenos días...
- Buenos días.
- La señora es del 610
- Y, el señor del 612
- Sí.
- Yo aún no lo conocía personalmente...
- De hecho...
- Disculpe mi atrevimiento, pero he visto su basura...
- ¿Mi qué?
- Su basura.
- Ah...
- Me he dado cuenta que nunca es mucha. Su familia debe ser pequeña...
- En realidad sólo soy yo.
- Mmmmmm. Me di cuenta también que usted usa mucha comida enlatada.
- Es que yo tengo que hacer mi propia comida. Y como no sé cocinar.
- Entiendo.
- Y usted también...
- Puede tutearme.
- También perdone mi atrevimiento, pero he visto algunos restos de comida en su basura. Champiñones, cosas así...
- Es que me gusta mucho cocinar. Hacer platos diferentes. Pero como vivo sola, a veces sobra...
- Usted... ¿Tú no tienes familia?
- Tengo, pero no son de aquí.
- Son de Espírito Santo.
- ¿Cómo lo sabe?
- Veo unos sobres en su basura. De Espírito Santo.
- Claro. Mi madre me escribe todas las semanas.
- ¿Ella es profesora?
- ¡Esto es increíble! ¿Cómo adivinó?
- Por la letra del sobre. Pensé que era letra de profesora.
- Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por su basura.
- Así es.
- Pero, el otro día tenía un sobre de telegrama arrugado.
- Así fue.
- ¿Malas noticias?
- Mi padre. Murió.
- Lo siento mucho.
- Él ya estaba viejito. Allá en el Sur. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
- ¿Fue por eso que volviste a fumar?
- ¿Cómo es que sabes?
- De un día para otro comenzaron a aparecer paquetes de cigarrillos arrugados en su basura.
- Es cierto. Pero conseguí dejarlo de nuevo.
- Yo, gracias a Dios, nunca fumé.
- Ya lo sé. Pero he visto unos vidriecitos de pastillas en su basura...
- Tranquilizantes. Fue una fase. Ya pasó.
- ¿Peleaste con tu pololo, no es verdad?
- ¿Eso, también lo descubriste en la basura?
- Primero el buqué de flores, con la tarjetita, tirado en la basura. Después, muchos pañuelitos de papel.
- Es que lloré mucho, pero ya pasó.
- Pero incluso hoy vi unos pañuelitos...
- Es que estoy un poquito resfriada.
- Ah.
- Veo muchos crucigramas en tu basura.
- Claro. Sí. Bien. Me quedo solo en casa. No salgo mucho. Tú me entiendes.
- ¿Polola?
- No.
- Pero hace unos días tenías una fotografía de una mujer en tu basura. Parecía bonita.
- Estuve limpiando unos cajones. Cosa del pasado.
- No rasgaste la foto. Eso significa que, en el fondo, tú quieres que ella vuelva.
- ¡Tú estás analizando mi basura!
- No puedo negar que tu basura me interesó.
- Qué divertido. Cuando escudriñé tu basura, decidí que quería conocerte. Creo que fue la poesía.
- ¡No! ¿Viste mis poemas?
- Vi y me gustaron mucho.
- Pero, ¡si son tan malos!
- Si tú creías que eran realmente malos, los habrías rasgado. Y sólo estaban doblados.
- Si yo supiera que los ibas a leer...
- Sólo no los guardé porque, al final, los estaría robando. Si bien que, no sé: ¿la basura de la persona aún es propiedad de ella?
- Creo que no. Basura es de dominio público.
- Tienes razón. A través de la basura, lo particular se vuelve público. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra con las sobras de los demás. La basura es comunitaria. Es nuestra parte más social. ¿Esto será así?
- Bueno, ahí estás yendo harto lejos con la basura. Creo que...
- Ayer, en tu basura...
- ¿Qué?
- ¿Me equivoqué o eran cáscaras de camarón?
- Acertaste. Compré unos camarones enormes y los descasqué.
- ¡Me encantan los camarones!
- Los descasqué, pero aún no los comí. Quien sabe, tal vez podamos...
- ¿Cenar juntos?
- Por qué no.
- No quiero darte trabajo.
- No es ningún trabajo.
- Pero vas a ensuciar tu cocina.
- Tonterías. En un instante limpio todo y pongo los restos en la basura.
- ¿En tu basura o en la mía?
 Basura, título original "Lixo", cuento de Luis Fernando Veríssimo, incluido en su libro de crónicas y cuentos O Analista de Bagé e, posteriormente, antologado en O Novo Conto Brasileiro por Malcolm Silverman (Rio de Janeiro, Nova Fronteira, 1985).











El bloqueo

Murilo Rubião (Brasil)

Próximos está a llegar éste su tiempo, 

Y sus días no están remotos. 

Isaías, XIV. 


1

Al tercer día de haber dormido en el pequeño departamento de un edificio recién terminado, oyó los primeros ruidos. Normalmente tenía el sueño pesado y aun después de despertarse le tomaba tiempo integrarse al nuevo día, confundiendo pedazos de sueño con fragmentos de la realidad. No dio importancia, de inmediato, a la vibración de los vidrios, atribuyéndola a una pesadilla. La oscuridad del aposento contribuía a fortalecer esa frágil certeza. El barullo era intenso. Venía de los pisos superiores y se parecía a los producidos por las palas de demolición. Encendió la luz y consultó el reloj: la tres. Le pareció raro. Las normas del condominio no permitían un trabajo de esa naturaleza en plena madrugada. Pero la máquina proseguía su impiedosa tarea, los sonidos aumentaban, y crecía la irritación de Gerión contra la compañía inmobiliaria que le garantizara una excelente administración. De repente los ruidos cesaron.
Se durmió nuevamente y soñó que estaba siendo aserrado a la altura del tórax. Se despertó presa del pánico: una poderosa sierra ejercitaba sus dientes en los pisos de arriba, cortando material de gran resistencia, que se pulverizaba al desintegrarse.

Oía a intervalos explosiones secas, el movimiento de una nerviosa demoledora, el martillar acompasado de un mazo sobre los postes. ¿Estarían construyendo o destruyendo? 

Del temor a la curiosidad, titubeó entre averiguar lo que estaba pasando o juntar los objetos de mayor valor y marcharse antes de la destrucción final. Prefirió correr el riesgo en vez de volver a su casa, que abandonara, de prisa, por motivos de orden familiar. Se vistió, a través del oscilante ventanal, miró la calle, la mañana soleada, pensando si aún vería otras.

Apenas abrió la puerta, le llegó al oído el machacar de varias brocas y poco después estallidos de cabos de acero que se rompían, el ascensor precipitándose a trompicones por el pozo hasta reventar allá abajo con una violencia que hizo temblar al edificio entero.

Retrocedió despavorido, trancándose en el departamento, con el corazón latiéndole desordenadamente -Es el fin, pensó -. Mientras tanto, el silencio casi se recompuso, oyéndose apenas a lo lejos estallidos intermitentes, el lijar irritante de metales y concreto.

Por la tarde, la calma volvió a edificio, dándole coraje a Gerión para acercarse a la terraza a averiguar la magnitud de los estragos. Se encontró a cielo abierto. Cuatro pisos habían desaparecido, como si hubieran sido cortados meticulosamente, limadas las puntas de las vigas, aserrados los maderos, trituradas las lajas. Todo reducido a fino polvo amontonado en los rincones.

No veía rastro de las máquinas. Tal vez ya estuvieran distantes, transferidas a otra construcción, concluyó aliviado. Descendía tranquilo las escaleras, silbando una melodía de moda, cuando sufrió el impacto de la decepción: toda la gama de ruidos que había escuchado durante el día le llegaba de los pisos inferiores.



2

Telefoneó a la portería. Tenía pocas esperanzas de recibir explicaciones satisfactorias sobre lo que estaba ocurriendo. El propio portero lo atendió: 

-Obras de rutina. Le pedimos disculpas, principalmente por ser usted nuestro único inquilino. Hasta ahora, claro.
-¿Qué rayos de rutina es esa de arrasar con el edificio?
-Dentro de tres días todos se acabará -dijo, colgando el fono.

-Todo acabado. Bolas.- Se encaminó hacia la diminuta cocina ocupada, en buena parte, por latas vacías. Preparó sin entusiasmo la comida, harto de enlatados.

¿Sobreviviría a las latas?- Miraba melancólico la reserva de alimentos, hecha para durar una semana.
Sonó el teléfono. Soltó el plato, intrigado con la llamada. Nadie conocía su nueva dirección. Se había inscrito en la compañía de Teléfonos y había alquilado el departamento con nombre falso. Seguramente sería una llamada equivocada.
Era su mujer, lo que aumento su desánimo. 

-¿Cómo me descubriste? -Oyó una risita al otro lado de la línea (La gorda debía estar comiendo bombones. Tenía siempre algunos al alcance de la mano.)

-¿Por qué nos abandonaste, Gerión? Regresa a casa. No sobrevivirás sin mi dinero. ¿Quién te dará un empleo? (A esas alturas Margarerbe ya estaría lamiéndose los dedos embarrados de chocolate o limpiándose en la bata estampada de rojo, su color predilecto. La puerca) 

-Vete al diablo. Tú, tu dinero, tu gordura.




3

Se había desligado momentáneamente de los ruidos, inmersos en la desesperanza.
Buscó en el bolsillo un cigarrillo y verificó con desagrado que tenía pocos. Se le había olvidado aprovisionarse de más paquetes. Mentó la madre. 

Con la mano sobre el fono colgado, Gerión hizo una mueca al oír nuevamente el sonido de la campanilla.
-¿Papá?
Se le dibujó una sonrisa triste:

-Hijita.
-Podrías regresar y leerme ese libro del caballo verde.

La parte aprendida de memoria terminaba y Seatéia comenzaba a tartamudear:
-Papi. Nos gustaría que vinieras, pero sé que no quieres. No vengas, si ahí estás mejor. 

La comunicación fue interrumpida bruscamente. Desde el comienzo lo había sospechado y luego se convenció de que su hija había sido obligada a llamarlo, en un intento de explotarlo emocionalmente. En esos instantes estaría siendo golpeada por no haber seguido las instrucciones de la madre al pie de la letra.

Asqueado, lamentaba el fracaso de su fuga. Volvería a compartir el mismo lecho con su esposa, encogido, el cuerpo de ella ocupando dos tercios de la cama. El ronquido, los gases. 

Pero no podría permitir que el odio de Margarerbe fuera transferido a Seatéia. Ella recurriría a todas las formas de tortura para vengarse de él, a través de su hija.



4
Los ruidos habían perdido su fuerza inicial. Disminuían, cesaron por completo.



5

Gerión descendía la escalera indeciso en cuanto a la necesidad del sacrificio.
Ocho pisos abajo, la escalera terminó abruptamente. Transido de miedo, con un pie en el aire, retrocedió, cayéndose hacia atrás. Sudaba, las piernas le temblaban. 

No conseguía levantarse, estaba como pegado al escalón. Tardó en recuperarse. Pasado el vértigo, vio abajo el terreno limpio, como si nunca hubiera habido allí una construcción. Ninguna señal de maderos, pedazos de fierros, ladrillos, apenas el fino polvo amontonado a los lados del terreno.

Regresó al departamento aún bajo la conmoción del susto. Se dejó caer en el sofá. Impedido de regresar a casa, experimentó el gusto de la plena soledad. Conocía su egoísmo, desentendiéndose de los problemas futuros de su hija. Tal vez la quería por la obligación natural que tienen los padres de amar a sus hijos.

¿Había querido a alguien? -Desvió el curso de su pensamiento, cómoda fórmula para escapar a la vigilancia de la conciencia.
Aguardaba paciente una nueva llamada de su mujer y, esperándola, surgió en sus ojos un sádico placer. Hacía tiempo que venía aguardando esa oportunidad, que le permitiera devolver con dureza las humillaciones acumuladas y vengarse de la permanente sumisión a la que era sometido por los caprichos de Margarerbe, llamándolo a toda hora y delante de los sirvientes; parásito, incapaz.

Escogería bien sus adjetivos. No llegó a usarlos: una corriente luminosa destruyó el alambre telefónico. En el aire flotó durante unos segundos una polvareda de colores. Se cerraba el bloqueo.




6
Después de algunas horas de absoluto silencia, ella volvía: ruidosa, mansa, sorda, suave, estridente, monocorde, disonante, polifónica, rítmica, melodiosa, casi musical. Se meció en un vals bailado hacía varios años.
Sonidos ásperos espantaron la imagen venida de su adolescencia, superpuesta luego por la de Margarerbe, que él mismo ahuyentó. Se despertó avanzada la noche con un terrible grito que resonaba por los corredores del edificio. Permaneció inmóvil en la cama, en agónica espera: ¿emitiría la máquina voces humanas? -Prefirió creer que había soñado, pues lo único real era el barullo monótono de una excavadora que funcionaba en los pisos cercanos.
Más tranquilo, analizaba los acontecimientos de los días anteriores, concluyendo que, por lo menos, los ruidos venían espaciados y que el aserrar de fierros y madera ya no le herían los nervios. Caprichosos e irregulares, cambiaban rápidamente de un piso a otro, desorientando a Gerión en cuanto a los objetivos de la máquina.
-¿Por qué una y no varias, ejecutando funciones diversas y autónomas, como inicialmente creyó - La certeza de su unidad había calado hondo en él sin aparente explicación pero de manera irreducible. Sí, única y múltiple en su acción.


7
Los ruidos se aproximaban. Adquirían suavidad y constancia haciéndole pensar que pronto llenarían el departamento.
Se acercaba el momento crucial y le costaba contener el impulso de ir al encuentro de la máquina que había perdido mucho de su antiguo rigor o realizaba su trabajo con deliberada morosidad, perfeccionando la obra, para gozar poco a poco de los instantes finales de la destrucción.

A la vez del deseo de enfrentarla, descubrir los secretos que la hacían tan poderosa, tenía miedo del encuentro. Se enredaba entretanto en su fascinación, afinando el oído para captar los sonidos que, en aquella hora, se agrupaban los primeros rayos de luz.

Sin poder resistir la expectativa, abrió la puerta. Hubo una súbita ruptura en la escala de los ruidos y escuchó aún el eco de los estallidos que desaparecieron aceleradamente por la escalera. En los rincones de la pared comenzaba a acumularse un polvo ceniciento y fino.

Repitió la experiencia, pero la máquina persistía en esconderse, sin que él supiera si por simple pudor o porque aún era temprano para mostrarse, desnudando su misterio.

El ir y venir del destructor, sus constantes fugas, redoblaban la curiosidad de Gerión que no soportaba la espera, el temor de que ella tardase en aniquilarlo o que jamás lo destruyese.

Por las grietas seguían las luces de colores, formando y deshaciendo en el aire un continuo arco iris: ¿tendría tiempo de contemplarla en la plenitud de sus colores?
Cerró la puerta con llave.


Murilo Rubião (Brasil)

Breve reseña sobre su obra

Escritor y periodista brasilero nacido en Minas Gerais en 1916. En 1942 se graduó de la Facultad de Derecho. Trabajó como redactor de Folha de Minas y director de Radio Inconfidência. En 1966 organizó el suplemento literario del diario O Estado de Minas Gerais. Se desempeñó como jefe de gabinete del gobierno de Minas Gerais y fue agregado cultural de Brasil en España entre 1956 y 1961. Falleció en septiembre de 1991.

En 1947 publicó su primer libro de cuentos, El ex mago. Después vendrían La estrella roja (1953), Los dragones y otros cuentos (1965), El pirotécnico Zacarías (1974), El invitado (1974), La casa del girasol rojo (1978) y El hombre del bonete gris y otras historias (1990).


El bloqueo aparece en la antología 16 cuentos latinoamericanos, publicada por Editorial Aique.

Dos historias de parejas
Entre 1951 y 1960 Nelson Rodrigues publicó en el diario Última Hora casi dos mil relatos que lo convirtieron en el autor más popular en Río de Janeiro. Adriana Hidalgo edita ahora en español La vida tal cual es, una selección de esos textos, que lleva el título de la serie creada por el escritor brasileño, de la que aquí ofrecemos un adelanto

Era bonita, aunque empalagosa. Asdrúbal la veía, por primera vez, en una fiesta, en casa de familia. Le preguntó a Penaforte:
-¿Te suena esa carita?
-¿Cuál de todas?
-La que está de verde. ¿La conoces?
Penaforte, que se daba con todo el mundo, la identificó:
-Sí. Se llama Odete. Buena chica, pero tiene un defecto.
-¿Cuál?
Y el otro:
-Se prende como garrapata. Y no se suelta más. No te la recomiendo.
Aunque advertido, Asdrúbal se dejó llevar por la apariencia, realmente simpática, de la muchacha. Linda de cuerpo y de cara. A la primera oportunidad, la sacó a bailar. Listo. Hasta que se acabó la fiesta no se separaron. Y cuando Asdrúbal se despidió, a las dos de la mañana, tenía la dirección, el teléfono y un encuentro marcado para la tarde. Penaforte, que se marchó con el amigo, dijo bostezando:
-¿Qué tal?
Asdrúbal resumió:
-Más o menos.
Amor
La verdad es que le había gustado la manera de comportarse, las ideas y los sentimientos de la muchacha. Además, le dijo al amigo bajando la voz:
-Tiene lo que yo llamaría una colita para todos los premios.
Al caer la tarde, tenían su primer encuentro. Y al otro día fueron al cine, a ver una película de acción. Una semana más tarde, Asdrúbal iba a buscarlo al trabajo a su amigo Penaforte. Se sienta, busca un cigarrillo y resume:
-¡Estoy hinchado!
El otro no entiende:
-¿Hinchado de qué?
Enciende el cigarrillo y se larga a hablar:
-De Odete. ¡Es una auténtica patada al hígado! ¡Ya no la soporto más!
Penaforte sonríe:
-¿No te lo dije? ¡Tal cual!
Asdrúbal se pone de pie. Va de una punta a la otra, con una amargura terrible, al tiempo que describe su tragedia:
-Lo peor, lo verdaderamente triste, es que es hermosa, es un ángel entre los ángeles, ¡pero pesada como no hay otra! Todo lo que quiero lo hace, nunca dice que no, es capaz de tirarse debajo de un tranvía por mí. Quiero terminar con esta historia pero no sé qué excusa darle. Dime algo. ¿Qué tengo que hacer?
El otro sacude la cabeza, inseguro:
-¡Yo qué sé! Tal vez lo mejor es que le mientas, que inventes una patraña bien retorcida.
-¿Y cómo?
El amigo explica:
-Una mentira que haga que la relación sea imposible. Odete es una chica muy seria, honesta y demás. Dile, por ejemplo, que estás casado. Alguien como Odete no va a aceptar a un hombre casado, evidentemente. Y listo, ¡con eso se acaba!
Asdrúbal, que había tomado asiento, vuelve a pararse. Se frota las manos:
-¡Qué buena idea! ¡Voy a aplicar esa llave!
 La gran pequeña
Cuando se retiró, para encontrarse con la muchacha, iba seguro de que el consejo de Penaforte era genial. No se le ocurrió pensar en el golpe, la desilusión brutal de Odete. Quería liberarse de una historia que, pasado el encanto de las primeras 48 horas, lo hinchaba de aburrimiento y de una indiferencia mortal. Pero cuando la vio, más tierna que nunca, más abandonada e indefensa, tuvo un cierto escrúpulo. Logró, sin embargo, dominar su propia conciencia. Suspiró:
-¿Sabes que este va a ser nuestro último encuentro?
Asombro:
-¿Por qué?
Y él, colorado de la mentira cruel:
-Por lo siguiente: estoy casado, ¿te diste cuenta? Casado y... -de ahí en más tartamudea-: Sería una indignidad de mi parte crearte más ilusiones... Porque, lógicamente, no vas a querer estar de novia con un hombre casado... ¿No es así?
Silencio. Asdrúbal abre los ojos de par en par. Ella, con la cabeza recostada sobre su hombro, llora en silencio hasta que responde:
-Si pudieras casarte conmigo, excelente. Si no puedes, paciencia. Yo te necesito, necesito tu cariño.
Con una incomodidad monstruosa, Asdrúbal alcanza a decir:
-Pero... ¿y los demás? ¿Qué van a decir tus parientes, tus conocidos, los vecinos?
Odete, en su heroísmo de enamorada, parece desafiar al mundo: "No me interesan los demás. Me interesas tú, tú y ninguna otra persona". Tiembla, al decir eso, como si la atacara una súbita infección. Y, de repente, se aferra a él, en un arrebato que lo intimida y abruma:
-Lo único que quiero de ti es lo siguiente: que digas, ahora, en este mismo momento, que yo te gusto. No hace falta que te guste mucho. Con un poquito alcanza. ¡Dime! ¿Te gusto un poquito?
El pobre diablo capitula y concede:
-Un poco, sí.
Fue suficiente. Ella se estremece en una de esas sacudidas que a las mujeres las electrizan.
-¡Gracias, tesoro! -llora de felicidad-: Para mí, ese poquito es mucho. Es todo, ¿me oíste?
El torturado
La dejó en la puerta de la casa y se marchó, fuera de sí. Caminando, inmerso en la noche, hablaba solo: "¡Esto es increíble! ¡Increíble!". A eso de las diez, fue a golpearle la puerta a Penaforte. De casualidad, el amigo se había acostado más temprano, engripado. Asdrúbal rugía:
-¡Me salió el tiro por la culata! ¡Quedé más pegado todavía!
Metido en un pijama de no sé cuántos colores, lidiando con una mucosidad inagotable, Penaforte se permitió una ocurrencia siniestra:
-¡Estás frito! ¡La única es que emigres a la China, a la Cochinchina! ¡Y que te ayude el diablo!
El otro, sin embargo, atravesaba una desesperación sincera y profundísima:
-Te digo algo: la convivencia con ciertas mujeres trae cáncer. No es broma, es la pura verdad. Y si yo sigo con esta chica, si sigo viéndola y hablando con ella, voy a acabar con un cáncer o, como mínimo, con una úlcera. Toma nota.
El ángel
Al comienzo, Penaforte no le dio entidad a la angustia del amigo. Pensó que Asdrúbal exageraba para divertirse. Unos quince días más tarde, sin embargo, lo encuentra en la avenida preso de una terrible depresión. Lo interpela: "¿Cómo fue? ¿Cortaron la relación?". La respuesta fue un hondo gemido: "No". Se sentaron en un bar, los dos, y Asdrúbal soltó la lengua: "¡Soy un cobarde! ¡Un miserando!". Penaforte, curioso e impresionado, indagó: "¿Y ella?". El otro ríe sórdidamente:
-Odete está cada día peor. No tiene ni un defecto, ni una sola falla. Es la única mujer perfecta, cien por ciento, en serio. Y a mí ya me convenció de que nunca voy a poder sacármela de encima. ¡Nunca! Penaforte trató de llamarlo al orden:
-¡Pare el carro, amigo! ¡Tampoco es así! Nadie está obligado a amar a nadie, ¡caramba! ¡Desaparece, piérdete de vista!
Casi llorando:
-¡No puedo! ¡Vendría detrás de mí! ¡Sería capaz de perseguirme hasta el quinto infierno!
Solución
Y, de hecho, Asdrúbal no hacía nada que ella no supiera o no vigilase. Durante el día, Odete lo sometía a un implacable cerco telefónico. Había llegado al colmo de llamar, cierta vez, a su casa a las cuatro de la mañana. Y si él la trataba mal, casi a puntapiés, ella se volvía más dulce, humilde y cariñosa que nunca: "No hace falta que me ames, basta con que te ame yo". Ese amor incondicional, ese fanatismo de mujer, generaba en él un colapso de la voluntad. Frente a ella se sentía indefenso, derrotado. No podía verla sin que su estómago se contrajera. Y le negaba cualquier caricia. Pero Odete, cada vez más enamorada y sumisa, susurraba: "No es nada, no es nada". Hasta que cayó enfermo, muy enfermo. Viendo a su alrededor caras asustadas, sospechó. Tanto le insistió al médico, que este acabó pronunciando la palabra: "Cáncer". En ese momento, Asdrúbal se sacudió entre las sábanas, en una euforia hedionda:
-¡Gracias, gracias!
Entendía la muerte como una liberación. Morir era quedarse solo, libre de Odete, de sus cariños, libre. Pero se engañaba. A horas de su muerte, todavía lo acompañaba un resto de lucidez. Entonces ve cómo Odete se arrodilla ante él para decirle: "¿Ves este frasquito? Es veneno. Moriré contigo". Devorado por la fiebre, Asdrúbal ya no razonaba bien. Se imagina una muerte doble, de él y de ella, un cajón y una tumba igualmente dobles, donde comienzan a pudrirse juntos, unidos en la vida como en la muerte. Murió con ese pavor.
EL PADRE
El padre, Don Alfredo, tenía una flota de trescientos ómnibus, que circulaban día y noche por la ciudad. Era un hombre rico, muy rico, millonario. El día en que la hija se puso de novia, él, con una satisfacción bárbara, la llamó:
-Ven aquí, hija querida, ven.
Dígase, de paso, que Don Alfredo, a pesar de su fortuna inmensa, no había hecho más que la escuela primaria y era de origen muy humilde. Sabía tres de las cuatro operaciones: sumar, restar y multiplicar. Dividir, no; a los cincuenta años, no sabía dividir. Por otro lado, sus modales o, mejor dicho, su falta de modales saltaba a la vista. Tenía una educación más que discutible. Y no faltaba quien, envidioso de su prosperidad, rezongara: "¡Es un burro!". En fin, lo cierto es que el día en que su hija, Dorinha, pasó a ser la novia del Dr. Fernando, él la llamó: "¿Todo bien, hijita? ¿Todo ok?". La pequeña respondió: "¡Todo bien!". Masticando un cigarro infecto, el viejo miraba alrededor: "¿No falta nada?". En un gesto grosero, se golpeó los bolsillos e insistió:
-¡Mira que dinero hay! Si quieren alguna cosa, con pedir alcanza. ¿Qué es lo que quieres? ¡Vamos! ¿Quieres alguna cosa?
Dorinha vacila. Y entonces, delante del padre, sueña en voz alta:
-Papá, usted sabe qué es lo que más deseo en la vida. Lo sabe, ¿no?
-¿Qué?
Y ella:
-Un hijo. Es lo que siempre quise: un hijo.
Don Alfredo se frotaba las manos:
-¡Pero eso es seguro, mi hija! ¡Eso es pan comido! -y repetía-: Es lo de menos. Tú te casas y listo, ¿entiendes? ¡En serio!
Flor de muchacha
Había entre padre e hija un contraste de temer. Mientras Don Alfredo representaba una suerte de gángster, un Al Capone del transporte público, Dorinha era una belleza frágil, delicada, o, como decían, un biscuit. Había estudiado en los mejores colegios, hablaba correctamente el francés, el inglés, bordaba con un gusto de hada y era una eximia pianista. A los dieciséis años se había sentido atraída por el abogado de la empresa del padre, el Dr. Fernando, un joven bonito, vagamente afectado, que besaba en la mano a las señoras y andaba siempre con el aire de alguien que acaba de lavarse la cara. Pero la característica que más impresionaba y deslumbraba al suegro era esta: lloviera o hiciese sol, el Dr. Fernando iba de chaleco y polainas. Por lo demás, un hombre que sabía vivir. Don Alfredo, en su contundente falta de tacto, en su bestial espontaneidad, decía abiertamente:
-Me gusta mi futuro yerno porque es muy bueno para adular. ¡Generalmente de un lamebotas sale un gran marido! -Presunción, como se ve, un tanto precaria. Pero el hecho es que el noviazgo iba viento en popa. Don Alfredo vivía provocando a las mujeres de la familia:
-¡Quiero un casamiento de tirar la casa por la ventana! ¡Gasten sin culpa ni piedad! -y mostraba la cartera, hinchada-: ¡Miren que dinero hay!
El nieto
La actitud inadecuada no estuvo ausente el día de la boda. Don Alfredo, sin la menor noción de sus inelegancias, le daba enormes manotazos en la espalda al yerno:
-Quiero un nieto, ¿entendiste? ¡Un nietito bien logrado! ¡Y volando!
Festejaba sus propias picardías. Y tenía, si se presta la comparación, la risa gruesa y gemebunda de un perro de dibujo animado. Los invitados se reían, también. Pero un vecino, por lo demás un fracasado, le cuchicheó al oído a otro: "¡Qué bestia!". Se refería, claro está, al desubicado jefe de familia. Muy bien. A eso de la medianoche parten los novios a su luna de miel. Y antes de que el auto entrara en movimiento, Don Alfredo metía la cara por la ventanilla:
-¡Mira que quiero mi nieto, eh!
Y el yerno, grave:
-Por supuesto, por supuesto.
Calamidad
Después de unos veinte días, vuelve la pareja. La madre, Doña Eduarda, quiere saber: "¿Todo bien, hija?". Todo bien, sí. Pese a todo, la muchacha parece inquieta: "Mamá, el único tema es que todavía no estoy sintiendo nada". Doña Eduarda sonríe: "Todavía es temprano. Con calma, hija, con calma". Al otro día, Fernando va a la empresa a retomar sus tareas. Pero el suegro, casi enojado, lo manda de vuelta:
-¡No, señor! ¡En absoluto! ¡Tu lugar es al lado de tu esposa!
El otro insiste: "¿Y el trabajo?". Don Alfredo ya está tronando:
-¡Tu trabajo ahora es el de marido de mi hija! ¿Estamos de acuerdo?
¿Cómo ir en contra de un suegro que tiene trescientos ómnibus en circulación, además de terrenos, apartamentos y quién sabe qué más? El viejo fue a acompañarlo, cordialmente, hasta la entrada. Mira a derecha y a izquierda, baja la voz:
-El asunto de mi nieto va en camino, ¿no? ¡Excelente! Y mira: el día que el médico diga que la cosa marcha, ese día te pasas por aquí, que yo te firmo un cheque por cien mil cruzeiros, para que tengas para tus caprichos.
Decepción
El tiempo pasó. Después de cuatro meses, la decepción era trágica: nada, absolutamente nada. Dorinha regresaba de sus visitas mensuales al médico con una depresión terrible: "¡Mis amigas tienen hijos hasta de parado! ¿Por qué yo no?". El suegro perdió la paciencia con el yerno: "¿Qué es lo que te pasa? ¿No estarás durmiendo mucho?". Enfundado en su eterno chaleco, en sus indescriptibles polainas, Fernando abría los brazos: "No sé, no lo entiendo". Con la intención de aguijonearlo, le recordó, guiñando un ojo:
-Soy un hombre de palabra. Te dije que te daba cien contos, ¿no? Ya puedes ir contándolos. ¡Es plata en el bolsillo!
Desesperado, Fernando corre a ver un médico: se hace todos los exámenes. Y recibe un impacto cuando el doctor, golpeándole suavemente el hombro, anuncia:
-No puedes tener hijos. No puedes.
Desesperación
Fernando no quería ni imaginarse la reacción de la mujer, de los suegros. No le comunicó a nadie los resultados. Con un descaro impuesto por las circunstancias, se mostraba asombrado: "¡No sé, no consigo entender!". Y era algo que todos constataban: la dulce, lánguida y diáfana Dorinha tenía esa única y salvaje pasión, la maternidad. Quería ser madre, eso era todo. Arrinconado por el suegro, Fernando se refugiaba en esta disculpa: "¡Pero yo no puedo hacer milagros!". Don Alfredo lo encaró con el dedo en alto:
-¡Hacer un hijo no es milagro! ¡Nunca fue milagro, animal!
El fin
Transcurrió un año. Fernando iba por los rincones de la casa con su humillación. En cuanto a Dorinha, había perdido la alegría de vivir, petrificada en su angustia. Y, de un día para otro, ocurre el milagro. Dorinha vuelve del médico con la gran noticia: "¡Estoy, estoy!". Al delirio general sólo le faltó una voz: la del presunto padre que, sentado, las manos sobre las rodillas, abría grandes los ojos, incapaz de articular palabra. Finalmente, se pone de pie y le dice a su mujer: "Voy a darle la noticia a tu padre, personalmente". Y sale volando, en auto, para la empresa de ómnibus. Llega y corre al despacho del viejo. Don Alfredo tuvo una tremenda alegría. Lo abrazó, llorando, al yerno; le ofreció que esa semana se tomara un descanso. En fin, un auténtico carnaval. Llegado un momento, dice: "¿Cuánto era lo que te prometí? ¿Eran cien, no es cierto?". Entonces el yerno se le acerca y, con una media sonrisa innoble, lo pone al tanto de los estudios que se había hecho tiempo atrás: "No puedo ser padre, ¿me entiende?". Respira hondo y concluye:
-Así las cosas, quiero más. Cien me parece poco. Trescientos, como mínimo.
El viejo se puso de pie, asombrado. Y súbitamente entró a gritar:
-¿Así que no es tuyo? Entonces, olvídate: no vas a ver un centavo. Y ahora, ¡a la calle! ¿Me oíste? ¡A la calle!
El yerno salió de allí a las bofetadas.
FIN
Traducción: Cristian De Nápoli
Daniel Galera contenido en su libro Dentes Guardados
Me desvirgó. Cogimos en mi cuarto en una noche calurosa que mis padres estaban en la finca. Una penetración indolora, lenta y placentera. El resto de la madrugada él acarició incansablemente mi cuerpo, adorando todo, mis pechos que yo temía por demás que fuesen pequeños, mi culo que yo encontraba fofo, mis pies con dedos torcidos. Yo tenía miedo de cómo los hombres juzgarían mi cuerpo, era mi única ansiedad y él la disipó rápidamente en nuestra primera noche en la cama. La primera vez que lo hicimos sin capote, extrañé el sentir aquella verga dentro de mí. Me senté sobre los talones para que todo se escurriese de una vez para fuera. Me sentí ridícula cuando él colocó un pedazo de papel en su mano y luego la puso en medio de mis piernas diciendo, Ey así vas a manchar tu edredón. Sus gestos me sorprendían, trayendo calma y comodidad, siempre yendo a favor de mis expectativas. Días después en un bar una chica llegó vendiendo rosas y por un instante temí que él fuese a darme una rosa, actitud que yo habría considerado estúpida, odio las flores y odio las pendejadas románticas. Él rechazó la rosa e inclusive dijo, espero que nunca quieras que te de rosas. No coincidíamos en todo, la verdad teníamos gustos bastante antagónicos para muchas cosas, películas y marcas de cerveza por ejemplo, mas él nunca se mostró preocupado por cambiar mis opiniones, aceptaba mi personalidad, mis errores y mis estados de ánimo con absoluta tolerancia. Cierta vez disipó la vergüenza que tuve por haber llorado frente a él con el acto de lamer mi rostro y tragarse mis lágrimas, mitigando mis momentos de angustia con largos abrazos silenciosos. Una noche que salí sola y lo traicioné por primera vez, me di cuenta que tenía una oportunidad para probar su tolerancia. Le conté todo y, para mi espanto, él apenas movió sus párpados lisos y me dijo que encontraba natural el deseo fuera de la relación, que estaba bajado pero que mi traición no disminuía su amor por mí. Insistí, describí en detalle al chico, los besos y caricias que nos dimos en la pista y esto, en lugar de alterarlo, lo excitó. Acabamos cogiendo y la verdad me gustó. Fue a partir de aquel día que su tolerancia se tornó irritante. Me convencí que debía provocarlo, necesitaba de un poco de odio, tumulto, nuestro amor era demasiado recto. Sólo que no funcionó: soportó mis encabronamientos escandalosos, mis eructos en público, respondió mis agresiones verbales con altura, accedió a todos mis comportamientos. Porque me amaba. Me trataba tan bien. Reaccionaba tan bien a mis expectativas, que su amor comenzó a darme tedio. Se tornó irritante de tan pleno, de tan incorregible. Ahí mismo decidí terminar, mandarlo a la mierda. Y claro, ¡hasta en eso él fue comprensivo! Yo estaba presta a encender el tercer cigarro cuando él reaccionó y fue a darme un abrazo. Respetó mis sentimientos, dijo entender que su amor incondicional me ofendiese. ¡Pero si no era para que lo entendiera! ¡No era para que lo aceptara, coño! , era para sentir odio, para que me odiase, ¡me le fui encima a aquel hijo de puta! Le lancé el teléfono, vasos, libros, sillas, todo sobre él y él los devolvió, me pegó con fuerza, me mandó a la mierda y a cada tentativa mía de aplastarlo él respondió. Lo escupí y él me escupió, le arañé la cara y él me pateó por todo el suelo de la sala, sentí dolor, berreé como una cerda y percibí horrorizada que hasta en aquel mismo momento, ¡por Dios!, estaba haciendo lo que yo esperaba de él; él me estaba dando lo que yo quería…


Traducido por Nelson Ordóñez





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