
El revólver de la pasión
Nélida
Piñón
Sé que me
equivoqué, pero no me dejes ahora. Protesté contra lo que me parecía tu culpa.
Clavaste en mi rostro una mirada de acero. Me sentí herida, tajada, diferente a
las veces en que me cortaste y no sufrí.Muy al contrario, mi carne sonreía, yo
dejaba que me tuvieras, porque la carne era mi alma.
Por favor,
comprende mis celos; son ellos, voraces y nerviosos, los que me impiden
entregar tu cuerpo a los cuerpos enemigos. Me aconsejan que te mate. Pero con
un cuidado de artífice, trazando mil diseños en tu carne para que dejes el
mundo adornado con mi estigma.
Dios mío, sé que
prometí controlarme. No seguirte más. Dejarte libre, para que hagas tu propia
vida. ¿Pero cuál vida es esa que pides, donde yo no ocupo el mejor lugar? ¿Cómo
puedes pensar que soporto verte bebiendo la vida con cerveza, sin que yo pase
por tu boca, te bese, te lama, mientras tú sonríes ligado a la tierra, porque
soy tu humus,tu esperma,soy tu miembro, soy tú?
No, no protestes,tú
me quieres como soy, aunque mi salvajismo te cause miedo,amenace tu libertad.
¿O sólo me querías salvaje en la cama? ¿Y en el espacio de la vida me exigías
atada por tus manos? Pues me rebelo. O eres únicamente mío, o te mato. No, no
quiero matarte, cómo podría vivir sin tu alegría, sin tu modo de despertar, joven
y jubiloso. Te tomo en mis brazos, me siento ansiosa, perdida en mi pasión.
Juegas conmigo, dices que no me comporto, pero estás tan lleno de orgullo como
de las leyendas con que te pueblo;te adorno con historias que nadie, aparte de
mí, ha podido leer en ti. Sabes el poema que haré mañana, la palabra que
perderé en el futuro si hoy te me escapas. No te permito dejarme. ¿Oíste lo que
dije? No te doy permiso de pasear por la tierra, de tener un futuro en el que
no esté yo entera. Ah, mi cuerpo amado, te deseo. Y mi deseo va más allá de
perdernos en el lecho que es nuestro desde hace dos años. Una agonía que recojo
con mi boca y mastico con mis dientes. Te mastico, te como, te rasgo como tú me
rasgas me gritas, me amas. A veces pienso que me amas con tibieza,que tu cuerpo
es menos vigoroso que el mío. El mío se perfecciona con mi propio amor. Es éste
el que me hace superar las madrugadas, exigirte el amor que ya no quieres dar,
estás exhausto, derrengado, débil, senil. No, levántate, amor, cúbreme, quiero que
me hagas naufragar, soy una mina africana, hay que ir hasta el fondo, palpar su
riqueza en la oscuridad, hurgar su aflicción, sentir miedo. Miedo de mis
tinieblas, pavor de mis pelos, temor de mi sudor y mi fragancia.
Vamos, cobarde,
regresa. No quiero seguir perdiendo el espectáculo de ese amor que diariamente
me derriba, porque es así como mastico su comida. Y si ahora te escribo, es
para que me escuches, y no te pienses libre. Porque estés donde estés, iré
detrás. Mi cuerpo identifica tu olor, agridulce en las mañanas. Cuántas veces
lavé tu sexo y te dejaste acariciar, como si fuera mi deber rejuvenecerte a
cada día, quién mejor que mis sagradas manos conoce tu secreto,las
palpitaciones de tu carne, el modo firme y ciego con que se yergue y viene a mí.
No te creas libre, tu vida no es tuya.Tu vida es mía porque me perdí en ti, en
cada palabra que dijiste y me venció.
De nada sirve que me ahorres ahora verdades crudas, sólo porque me juzgas incapaz de albergarlas. Si quieres proclamar que ya no me amas, oiré. Oiré a los gritos,gritaré de tal modo que cada palabra destinada a mí la creerás dicha por mí para ti. Sin mi amor te sentirás perdido, abandonado. Experimentarás en tu propia carne la pérdida del amor único, único porque es único en el único instante en que se está viviendo. Y te tirarás sobre el lecho,y desnudo, espléndido, me atraerás diciendo, ¿no quieres ser mía nuevamente, acaso sobrevivirás sin el gozo que es el único viaje atlántico que se vive y nos naufraga? Olvidando, sin embargo, que eres tú el barco que precisa de las aguas, y que yo soy el agua en que te hundirás sin ruta, sin mapa, pues no hay mapa para el amor, amor.
¿No sabes pues que me amas, me amas mucho más de lo que puedes imaginar? Amas aun sin el socorro de tu conciencia. Y, si no me amas con la pasión de mi amor, te enseñaré de nuevo a amarme. No te pido tiempo, días, horas. Soy mujer de largas estaciones. Seré verano cuando exijas calor. No, no te rías. No vengas a hablarme de teorías feministas. Las tengo listas para la vida, comienzo a dominar un vocabulario que antes era sólo detu cosecha.Y qué más puede ofrecerme una ideología, sino el derecho de perderme en el desvarío y cobrar el amor que sé que es mío. Por favor, cédeme tu tiempo. Cédeme otra vez tu cuerpo. O en el lecho, o en la cruda naturaleza. O en el bar en que estés ahora. Donde al encontrarte haríamos el amor con mi mirada de espinas. El amor puede hacerse en la calle,con la multitud alrededor. No te amo sólo con el ímpetu de la carne. También con mi boca distante, hablando, enunciándote, pronunciando tu nombre. Tu nombre es mi acto de amor. Tu nombre es el espasmo que padece mi sexo.
Ah, amor, me equivoqué anoche. ¿Pero de qué sirve confesar el arrepentimiento, si sólo me arrepiento para distraerte,y tenerte nuevamente? ¿Si habré de errar otra vez,y un día cercano me veré enloquecida por tu posible pérdida? Y entonces no mediré palabras,no controlaré la violencia de mi cuerpo amenazado. La verdad es que tu pérdida me amenaza. Tu pérdida es una sentencia de muerte.Muerte que no soporto, no permito. Tu deber es amarme, es seguir en mi lecho, en mi vida, en mi memoria. En la memoria que proyecta tus mil retratos,hechos a lo largo de lavida que nos ató con cuerdas y alambre. Sé que repeles estas confesiones que cobran un calendario vencido,sin muelle ni ancla en donde aferrarte. Pero he de hablar mientras mis sollozos te proclamen. Eres mi prisionero, como soy yo la mazmorra en que estoy recluida por la fuerza del cariño. ¿Qué digo,cariño? Ah, amado, ya te quise en la primera noche. No tienes el derecho de olvidar. Aunque no quieras verme reproduciendo los arrebatos que tal vez ya no sientas. Pero, no soy apenas memoria, soy también la dispersión. Pues siempre que rememoro las noches sin fin, las deshago para imaginar que no existieron. Es decir, no existieron porque fueron insuficientes, y aquí estoy, exigiendo otras noches que nos brindaremos una vez superada la amargura que hoy nos separa.
Me besaste en el oído, ¿lo recuerdas? Tu lengua me hablaba sin sonido, cada palabra silenciosa era la obra con que tu lengua revelaba el verdadero lenguaje de los hombres.Tal vez lo que relate ahora sólo esté inventariando mi vida, y no la tuya. No quieres saber más de ese cuerpo que se conoció en mí hasta el amanecer. Me prohíbes decir que la vida te llegó porque también a mí me llegaba. Pero, por qué no aceptas que me amas, que me quieres perder por despecho, a causa de mi arrogancia, sólo porque proclamo tu amor sin medir las consecuencias, porque perturbo tu vida con explicaciones que te atormentan,porque incluso antes de que me digas cuánto me amas ya estoy a tus pies, diciendo primero que soy yo quien te ama con más fuerza. Por favor, jura que volverás, empeña tu honra en prometer que serás mío y de nadie más.
[Nélida Piñón recibe la próxima semana el Príncipe de Asturias de las Letras. “El revólver de la pasión” forma parte de El calor de las cosas y otros cuentos (FCE), inédito en España hasta el 15 de octubre.]
Ave de paraíso
Traducido del
portugués por Elkin Obregón Sanín
Una vez por
semana visitaba a la mujer. Para exaltarse, lo decía conmovido. Ella lo creía,
y lo recibía con pastel de chocolate, licor de peras y frutas recogidas en la
huerta. Los vecinos comentaban aquellos extraños encuentros, pero ella lo quería
cada vez más. Él, adivinando su vida fácil, le pedía disculpas con los ojos,
como diciendo, de qué otro modo debo amarte.
Comía el pastel y
rehusaba lo demás. Aunque la mujer insistiera. Es por ceremonia, pensaba ella
escondiéndose en su sombra. Una vez le preparó una cena sorpresa. La comida
olía muy bien, las esencias acababan de llegar de la China. Brillaban
los cubiertos y los adornos comprados especialmente para el día de la fiesta,
cuando él abriría los ojos, encantado.
El hombre observó
todo con aprobación. Siempre la había juzgado sensible a la armonía, a la
gracia. Una confianza que sintió desde el mismo instante en que se conocieron:
en el tranvía, advirtiendo que había olvidado el dinero del pasaje, ella miró a
su alrededor sin decidirse a pedir auxilio. Él pagó y le dijo, casi en un
susurro, yo también necesito ayuda, ella sonrió y él le tomó la mano, ella
accedió con timidez, y cuando la dejó a salvo frente a su puerta le prometió
volver al día siguiente.
-No insistas, no
quiero cenar. Con naturalidad, parecía un pez inspeccionando el mar. Ella
lloró, pensando, entre tantos hombres Dios me destinó el más difícil. Fue el
único instante de desfallecimiento de su amor. Al otro día recibió rosas, y la
tarjeta tan sólo decía: amor. Ella rió arrepentida, condenando su
incontinencia. No debía haberlo sometido a semejante prueba, que él rehusó
heroicamente. En la siguiente visita la amó con fervor de apátrida, y repetía
en voz baja su nombre.
Una vez desapareció
tres meses, sin cartas, telegramas ni llamadas telefónicas. Ella pensó, voy a
morir. En torno de la misma mesa, el mantel pintado de rojo, que había
preparado durante un largo sábado, la cama de sábanas blancas, que ella lavaba
personalmente, evitando el exceso de anilina, la casa, en fin, que él dejó de
frecuentar sin dar aviso. Recorría las calles y a cada suspiro agregaba:
-¿Qué es de la
mujer sin la historia de su amor?
Había cursado el
bachillerato en su ciudad natal. No quiso ser profesora. Desde pequeña soñaba
con casarse. Su única ambición. Temía al hijo ajeno sustrayéndole una fuerza
que los de su propia carne merecían. La madre protestó, necesitaban dinero. El
padre había perdido el empleo, la edad le pesaba. Terminó en el mostrador de la
farmacia de su padrino, y la madre, cosiendo por encargo. A ella le
correspondía encargarse de los oficios de la casa, ya que se negaba a ejercer
el magisterio. Fue entonces cuando descubrió los encantos de la cocina. Pero la
receta del pastel vino más tarde. Norma apareció, muy elegante, con su vestido amarillo,
pidiéndole ayuda para coser una falda plisada, modelo que había visto en el
puesto de revistas de la esquina. Aunque pensaba que Norma era frívola, siempre
insistiendo en que la acompañara a los bailes donde se pescaba novio con
facilidad, nunca la censuró. Conoció entonces a la otra, amiga lejana de Norma.
Compañeras en el curso de dactilografía, las dos ansiaban trabajar en una firma
americana. Después viajarían a Estados Unidos, pasearían por la Quinta Avenida.
Norma soñaba en conquistar un oficial americano. Lamentando que ya no nos
visitaran, como en la época de la guerra. La otra oía, casi al final le
preguntó:
-¿No quieres venir? Se refería a la entrevista
en la firma americana. Negó con la cabeza. Le dio vergüenza explicar que quería
casarse. Era más fácil, y su corazón se lo pedía.
-Ya lo sé, a ti sólo se te pueden ofrecer recetas de pastel de chocolate, dijo la otra, molesta.
A esto sí accedió,
entusiasmada. Exigiendo una receta escrita. Y que la otra telefoneara a la
madre, para que confirmara los ingredientes que en ese momento le dictaba la
memoria. En casa, por lo estricto de los gastos, no pudo prepararla. Pero se
consolaba: en cuanto ame a alguien lo sorprenderé con mis postres. Acarició
siempre la esperanza de que los pasteles de chocolate fueran la sobremesa del
marido. Los dulces sólo servían para consentir al amado. Tanta simplicidad
conmovía a Norma. Años más tarde, cuando se separaron y fue perdiendo los
amigos, su destino era renunciar al mundo para conservar el amor. Antes de alejarse
para siempre, Norma le dijo, poniéndole la mano en el hombro:
-Esto tenía que
pasarte.
Quiso aún explicar,
decirle que se engañaba. Pero Norma se marchó sin mirar atrás, caminando con
decisión.
Cuando él volvió
meses después, le trajo regalos, besó largamente su cabello, que según
afirmaba, olía a cielo, le hizo ver la importancia del viaje, no se arrepentía
de haberse ido por el placer del regreso. A ella le pareció gentil su
explicación. Corrió a la cocina, antes de que él la llevara a la alcoba.
Valiéndose de dosis exactas trató de lograr la perfección. No admitía el amor
sin que el pastel estuviera esperándolos, especialmente los días de fiesta. Él
rió, encantado de aquel capricho, no se sentía con derecho a protestar. También
él respetaba su libertad. Dejó que terminara. Ella volvió al fin, como
diciéndole estoy lista para tu difícil ausencia. Siempre era discreta en las
cosas del amor, y él apreciaba su recato. Repudiaría un proceder atrevido, que
mancharía para siempre la ilusión de poseerla como si aún fuese la primera vez.
Intuyéndolo, ella escondía la cabeza en la almohada, velando sus dulces
lágrimas. Él gritaba, como un vasallo del rey Arturo: ¡Las mujeres son gratas!
¡Las mujeres son gratas!
Ella interpretaba
el sentido de sus palabras. Secaba sus lágrimas, entregándose con pudor. Jamás
rehusaba tales escenas. A veces se repetían a la semana siguiente. Él fingía no
advertir que ese encanto amenazaba con agotarse. Hacía cuanto podía para
renovarlo. Por eso la amó tanto durante aquellos años. Su fantasía se apoyaba
también en las sorpresas. En ocasiones adoptaba disfraces, barbas y bigotes
falsos, pelucas. Llegaba sin prisa, dando tiempo a la sospecha de los vecinos,
y no para que pensaran que ella lo engañaba, sino porque le divertía crear esas
ilusiones.
Obediente, ella se
exaltaba. Aunque sufriera su ausencia. Su amor en días difíciles se inquietaba
de tal modo que consultaba el calendario con la esperanza de que fuera día de
pastel de chocolate, cuando sin duda él vendría. Hasta el fin del año, el
calendario registraba todos los días de su visita. Ella jamás le sugirió un
cambio de fecha, o una mayor asiduidad. Respetaba aquel sistema.
En los comienzos de
mes, sin embargo, él llegaba más temprano, trayendo el dinero para los gastos
de la casa, y cualquier excedente que le hiciera falta. Lo depositaba sobre la
frutera, aunque hubiera en ella bananas, peras, manzanas que ella adoraba,
imaginándose entre la nieve. No sabía explicarlo, pero comiendo manzanas se
sentía elegante, de guantes pécari importados, hablando francés y con un
pañuelo de seda en la cabeza.
Dejaba allí el
dinero hasta que él partía. Después, lo ponía junto al misal. Los dos se
sometían a los ritos.
Un día le dijo: Vamos
a salir ya mismo, porque nunca hemos ido al cine, y como quiero ir al cine
contigo antes de morir, es hora de que cumplamos mi deseo.
Ella lo abrazó
llorando de alegría: ¡Eres mío, cómo eres mío!
Fueron y no se
divirtieron, él tildó de obscenos los episodios de amor. Ella no estuvo de
acuerdo, pero su felicidad no la impulsaba a la insistencia. Comieron helado
mientras él seguía protestando. Ella se manchó el vestido, y entonces él rió,
le gustaban sus curiosas intuiciones, su modo de errar en las cosas pequeñas.
La madre la
visitaba dos o tres veces al año. Todavía cosía por encargo. Discretamente,
preguntaba por él. Temía irritarla. Nunca había comprendido aquel casamiento.
Él se había opuesto a que usara vestido de novia, alegando que el traje nupcial
sólo debía ser visto por el esposo. Pero después de la ceremonia, ya a solas en
el cuarto, le obsequió un vestido blanco, con velo y guirnaldas. Esa primera
noche ella surgió ataviada a la medida de sus sueños, y él cerró los ojos y los
abrió de nuevo para ver si ella estaba aún a su lado, la mujer que amaba, y
conmovido habló del modo que ella comprendía: Estás hermosa, sólo faltaría que
el sacerdote nos casara de nuevo, y cuando en medio de la noche conocieron sus
cuerpos, él le pidió que reposara, porque era él quien debía colgar en el
armario el vestido de novia comprado para ella, con ninguna otra mujer podría
haber obrado de esa manera, y ella nunca lo olvidó.
Así pues, cuando la
madre la visitaba, la hija le preguntaba por el padre, cómo iban las cosas, sin
invitarla nunca a quedarse, aunque vivía lejos, viajaba horas en tren para
regresar a su casa. En aquellas breves visitas, la hija de nada se quejaba.
Parecía encantada con su situación. La madre nunca había visto una mujer más
feliz. A veces sentía deseos de preguntar: A qué hora llega él. O prolongar la
visita para verlo cuando viniera a cenar.
Pero, a partir de
las cuatro, la hija empezaba a ponerse inquieta, se levantaba a cada rato
pretextando naderías, fingía ocupaciones, él solía demorarse, le aseguraba
ansiosa. A la hora de la despedida, la madre siempre repetía: Bonita vuestra
casa.
A la semana
siguiente, adivinando, él preguntaba: ¿Y tu madre, nunca volvió? Ella ponía una
cara triste, abrazada a él susurraba: -Sólo te tengo a ti en el mundo. Él la
besaba, y como pidiendo disculpas, decía: Vuelvo el próximo miércoles, ¿estás
contenta? Ella sonreía, el rostro brillante, los cabellos como a él le
gustaban. Ya con algunos hilos blancos. Hilos que él respetaba, pensando: Ella
es pura, es pura.
Un día no resistió,
llegó disfrazado, en una última tentativa de confundir a los vecinos. Traía en
las manos sendas maletas. Ella sufrió en silencio la perspectiva de una larga
ausencia. Lo ayudó como si estuviera cansado, la vida era dura para él. Le trajo
agua helada, lamentando no tener una fuente en el solar, de tenerla la
adornaría con piedras, tal vez pondría una imagen. El hombre bebió, se quitó el
disfraz que nunca había recibido de ella censura alguna. Y asumiendo una
fingida independencia habló en voz alta, para que ella escuchara:
-Terminó el tiempo
de prueba. Esta vez vine para quedarme.
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Nélida Piñon | Brasil, 1937 | Nació en la ciudad de Río de Janeiro en una familia de origen
español. Es licenciada en filosofía y fue la primera mujer en presidir
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UNA VELA PARA DARÍO
Dalton Trevisan
Darío viene
apresurado, paragua en el brazo izquierdo. Cuando dobla la esquina disminuye el
paso hasta parar, se apoyaen una pared. Resbala por ella, queda sentado en la
vereda, todavía húmeda de lluvia. Apoya en el suelo la pipa.
Dos o tres que
pasan a su lado indagan si no está bien. Darío abre la boca, mueve los labios.
No se oye respuesta. El señor gordo, de blanco, dice que debe sufrir un ataque.
Se recuesta un poco
más, extendido en la vereda, la pipa se apagó. El muchacho de bigote pide a los
otros que se aparten y lo dejen respirar. Le abre el saco, el cuello, la
corbata y el cinto. Cuando le sacan los zapatos, Darío ronca feo, burbujas de
espuma le surgen en los costados de la boca.
Cada uno que llega
se para en puntas de pie, no lo puede ver. Los que viven en esa calle conversan
de una puerta a otra, los chiquitos en pijama acuden a las ventanas. El señor
gordo repite que Darío se sentó en la vereda soplando el humo de la pipa,
apoyaba el paragua en la pared. Pero no se ve paragua o pipa a su lado.
La viejita de cabeza gris grita que está muriendo. Un grupo lo arrastra hasta el taxi de la esquina. Ya la mitad del cuerpo en el auto, protesta el taxista: ¿quién va a pagar el viaje? Coinciden en llamar a la ambulancia. Darío es llevado de vuelta y apoyado en la pared; no tienen los zapatos ni el alfiler de perla en la corbata.
Alguien menciona la
farmacia en la otra cuadra. No cargan a Darío más allá de la esquina; la
farmacia a una cuadra y, además, muy pesado. Lo dejan en la puerta de una
pescadería. Enjambre de moscas que le cubre la cara sin que haga un gesto para
espantarlas.
El café ahí cerca
ocupado por las personas interesadas por el incidente y, ahora, comiendo y
bebiendo gozan de las delicias de la noche. Darío tranquilo y atravesado en el
umbral de la pescadería, sin el reloj-pulsera.
Un tercero sugiere que le revisen los papeles, retirados –con varios objetos– de sus bolsillos y alineados sobre la camisa blanca. Se enteran del nombre, edad, fecha de nacimiento. La dirección en la billetera es de otra ciudad. Se registra una corrida de unos docientos curiosos que a esa hora ocupan toda la calle y las veredas; es la policía. El auto negro empuja a la multitud. Varias personas tropiezan con el cuerpo de Darío, pisoteado diecisiete veces. El agente se acerca al cadáver, no puede identificarlo: los bolsillos vacíos. Queda en la mano izquierda la alianza de oro que él mismo –cuando vivo– sólo se sacaba con agua y jabón. La policía decide llamar al furgón. La última boca repite Se murió, se murió. La gente comienza a dispersarse. Darío tardó dos horas en morir, nadie creía que estuviese en el fin. Ahora, a los que alcanzan a verlo, todo el aire de un difunto. Un señor piadoso dobla el saco de Darío para apoyarle la cabeza. Le cruza las manos sobre el pecho. No consigue cerrar ojos ni boca, donde la espuma desapareció. Sólo un hombre muerto y la multitud se dispersa, las mesas del café quedan vacías. En la ventana algunos vecinos con almohadas para descansar los codos.
Un chico de color y
descalzo viene con una vela, que enciende junto al cadáver. Parece muerto hace
muchos años, casi el retrato de un muerto descolorido por la lluvia.
Se cierran las
ventanas una por una. Tres horas después ahí está Darío a la espera del furgón.
La cabeza ahora en el suelo, sin el saco. Y el dedo sin la alianza. El trozo de
vela se apaga con las primeras gotas de lluvia, que vuelve a caer.
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Antiguas aeromozas
La Asociación de Antiguas Aeromozas celebra su convención anual a bordo de un viejo Hércules C-130 donado por una compañía aérea. Son cien, ciento veinte señoras, todas alegres, todas nostálgicas. La reunión en el viejo aeropuerto, hoy fuera de servicio por cuestiones de seguridad, es ya motivo de alegría y emoción. Se saludan, se abrazan, intercambian cumplidos: ¡Cómo está usted bonita! ¡Qué bien conservada! Se embarcan cantando el Himno de las Antiguas Aeromozas ("Entre las nubes de borde dorado/ reposa un recuerdo, tan atesorado"). Cuando el avión despega, no pueden contener lágrimas nostálgicas. Pero en cuanto la aeronave queda nivelada a una altura conveniente, se disputan con entusiasmo los carritos: quieren servir. "¿Puedo ofrecerle un lunch, señora?" "¿Algo de beber, señora?" Se sigue con la declamación de poemas, la representación de sketches y, al fin, el momento culminante: evocando los tiempos heroicos de la aviación, todas se lanzarán en paracaídas. Algunos no abrirán. Pero ello está previsto. La vida en las alturas no sería posible sin un mínimo de titilantes incertidumbres. -
Fin
Argumento turístico
Primer día: presentación en el aeropuerto. Los excursionistas contarán con la asistencia del personal de la agencia de viajes en todo lo que se refiere a embarque de equipajes, verificación de pasaportes, etc. Usted —sólo usted— recibirá un sobre cerrado. En él, un mensaje: "El nombre de ella es Eugenia".
Segundo día:
llegada a Puerto Balladero. En el aeropuerto estará aguardando a los
excursionistas la guía, muchacha bellísima. Sonriendo, se acercará a usted y
dirá: "Soy Eugenia".
Mañana libre. La
tarde, paseo por la ciudad, visita al antiguo mercado y a la catedral de San
Carlos, Eugenia siempre sonriendo para usted.
Tercer día: libre
para compras. Eugenia ofrecerá acompañarlo al barrio de artesanos. Usted le
comprará regalos y la convidará a cenar al célebre El Hueco. Después ella
volverá con usted al hotel. Tórrida noche de amor.
Cuarto día: visita
al lago Huatzli-Cucho. Usted y Eugenia pasearán tomados de las manos, sin
ocuparse de los cuchicheos y las sonrisas irónicas de los otros excursionistas.
Quinto día:
viaje a las cataratas de Tronado. Incomprensiblemente, la guía Eugenia se
mostrará esquiva, enigmática. En el almuerzo (Paradero del León, famoso por sus
asados) ella se sentará lejos de usted. A la noche, hospedado en el Hotel
Alhambra (cuatro estrellas), usted la aguardará en vano.
Sexto
día: visita al antiguo Castillo de los Leopardos, con sus ingeniosos puentes
levadizos. Junto a la muralla, usted, angustiado, intentará agarrarla: ¿Qué
tienes, Eugenia, qué pasa? No pasa nada, responderá ella soltándose.
Por
la noche, espectáculo de danzas folclóricas con el conjunto Águilas del Sol. De
vuelta al hotel, usted se encerrará en su cuarto, llorando mucho.
Séptimo
día: visita al monasterio de San Ignacio. Almuerzo al aire libre. Visita al
Museo de Cerrajeros. Paseo por la playa. Por la noche: fiesta de despedida.
Eugenia no irá.
Octavo día: regreso y Fin de nuestros servicios.
-— Traducción del portugués de Alain-Paul
Mallard
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Había una vez una
niña bonita, bien bonita.
Tenía los ojos como
dos aceitunas negras,
Lisas y muy
brillantes. Su cabello era rizado y
Negro, muy negro,
como hecho de finas hebras
De la noche. Su
piel era oscura y lustrosa, más
Suave que la piel
de la pantera cuando juega en la lluvia.
A su mama le
encantaba y a veces le hacia
Unas trencitas
todas adornadas con cintas de colores.
Y la niña bonita terminaba
Pareciendo una
princesa de las tierras de
África o un hada
del reino de la luna.
Al lado de la casa
de la niña bonita vivía un conejito blanco,
De orejas color
rosa, ojos muy rojos y hocico tembloroso. El conejo pensaba
Que la niña era la
persona más linda que había visto en toda
Su vida. Y decía:
-
cuando yo me case, quiero tener una hija negrita y bonita.
Tan linda como
ella…
Por eso un día fue
adonde la niña y le preguntó: -Niña bonita, Niña bonita,
¡Cuál es tu secreto
para ser tan negrita? La niña no sabía
Pero invento: -Ah,
debe ser que de chiquita me cayó encima un frasco
De tinta negra.
El conejo fue a
buscar un frasco de tinta negra.
Se lo echo encima y
se puso negro
Y muy contento.
Pero cayó un aguacero
Que le lavo toda la
negrura y el conejo
Quedo blanco otra
vez.
Entonces regreso
donde la niña y le pregunto: -Niña bonita,
Niña bonita ¿cuál
es tu secreto para ser tan negrita?
La niña no sabía pero invento:
-
Ah de ser que de chiquita tome mucho café negro. El conejo fue
A su casa. Tomo
tanto café que perdió el sueño y paso
Toda la noche
haciendo pipi. Pero no se pudo nada negro.
Regreso entonces
adonde la niña y le pregunto otra vez:
-Niña bonita, Niña
bonita ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?
La niña no sabía pero invento:
-
Ah, debe ser que de chiquita como mucha uva negra.
-
El conejo fue a buscar una cesta de uvas negras y comió. Y comió hasta
Quedar atiborrado
de uvas, tanto, que casi no podía moverse.
Le dolía la barriga
y paso toda la noche haciendo popo.
Pero no se puso
nada negro.
Cuando se mejoro.
Regreso adonde la niña y le pregunto una vez mas:
-Niña bonita, Niña
bonita ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?
La niña no y ya iba a ponerse a inventar algo
de unos frijoles negros,
Cuando su madre,
que era una mulata linda y risueña, dijo:
-
Ningún secreto. Encantos de una abuela negra que ella tenía.
Ahí el conejo, que
era bobito pero no tonto, se dio cuenta de que la
Madre debía estar
diciendo la verdad, porque la gente se
parece
Siempre a sus
padres, a sus abuelos, a sus tíos y hasta a los parientes
Lejanos. Y si él
quería tener una hija negrita y linda como la niña bonita,
Tenía que buscar
una coneja para casarse.
No tuvo que buscar
mucho. Muy pronto, encontró una coneja oscura
Como la noche que
hallaba a ese conejo blanco muy simpático.
Se enamoraron, se
casaron y tuvieron un montón de hijos, porque
Cuando los conejos
se ponen a tener hijos, no paran más.
Tuvieron conejitos
para todos los gustos: blancos, bien blancos,
Blancos medio
grises, blancos manchados de negro,
Negros manchados de
blanco, y hasta una conejita negra, bien negrita.
Y la niña bonita
fue la madrina de la conejita Negra.
Cuando la conejita
salía a pasear siempre
Había alguien que
le preguntaba: -coneja
Negrita, ¿Cuál es
tu secreto para ser tan bonita?
Y ella respondía: -
Ningún secreto.
Encantos de mi
madre que ahora son míos.
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